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Señales de lo que puede pasar el domingo 27

Hay una clara percepción y sensación térmica que el gobierno del Frente Amplio se acabará pronto. Pero si por un milagro ganara el partido a lo Peñarol, con gol de último minuto y de cabeza, tampoco habría mayorías absolutas en las Cámaras. Y ello implica un cambio notable en relación a los tres períodos anteriores, sería una situación inédita para la izquierda.

En el pasado los colorados y blancos han gobernado en tal situación, conformaron distintas modalidades mediante coalición formal o acuerdos de gobernabilidad. El Frente Amplio se expondría a una conducción más controlada y negociada, menos prepotente e iluminista.

No habría ninguna razón valedera para insistir en la victoria del oficialismo, de cualquier manera. No es una cuestión de opinión sino los hechos concretos que muestran una caída de la expectativa de voto para el candidato Daniel Martínez y el proyecto del Frente Amplio.

Todas las encuestas lo dicen más o menos, que Martínez gana en octubre pero pierde en noviembre tanto con Luis Lacalle como con Ernesto Talvi, con cualquiera. Aunque fuera relativa su validez total y precisa, los grandes números y las tendencias son imposibles de soslayar. Además están las comparaciones, que no son odiosas, con campañas electorales anteriores y las victorias frentistas de 2004, 2009 y 2014. Muy diferentes al presente.

No se trata de la primera reelección del gobierno sino la cuarta vez que se pide la ratificación. Ya fueron tres campeonatos que la izquierda ganó. Pero ahora hay sensación de ciclo acabado, necesidad de alternancia, de probar algo nuevo y distinto. Se nota en la calle, en la conversación pública, en el clamor popular. El oficialismo perdió la novedad, la primicia, la capacidad de entusiasmar, de sorprender al electorado. Adquirió el tinte de tradicional y convencional por 15 años consecutivos en el poder. A cualquiera le pasa, en cualquier lugar del mundo, el desgaste del gobierno es tan fatal como la piqueta natural de progreso.

Los candidatos del Frente Amplio no son de la primera división. Claramente las estrellas del equipo son cosa del pasado. Y están en segundo plano, en sitiales de honor pero fuera de juego, a punto de jubilarse; serán los años, los fallecimientos, las conductas deshonrosas juzgadas, lo que sea, pero ni a la presidencia ni en las listas al Senado, hay figuras de la renovación con fuerza política y carisma como antes. En las elecciones internas el pasado julio el partido oficialista tuvo la peor votación de la historia, desde que se lleva a cabo esas elecciones, muy lejos del récord entre Danilo Astori y José Mujica en 2009. Daniel Martínez y Graciela Villar no tienen el peso de antaño ni cautivan a las multitudes con sentimientos fervorosos y verdaderos.

La situación económica y social del Uruguay está lejos de sus mejores épocas, incluso las propias frentistas. No hay un marco floreciente de fuentes de trabajo, seguridad y calidad de vida que explique una intención de ratificación mayoritaria de la ciudadanía. Se podría hablar del pasado, del crecimiento, la distribución y los derechos ganados, pero al presente el panorama es calamitoso. Cierre de empresas, aumento de la desocupación, falta de inversión, expectativas decadentes, crecimiento de la criminalidad en general, asesinatos y narcotráfico en particular… En ningún país del mundo se gana la elección con estas perspectivas. Además se sabe que la gente no vota pasado sino futuro. No suena bien a los intereses de la cuarta reelección. No es ni de derecha ni de izquierda sino realidades sangrantes.

En el gobierno y el Frente Amplio ya saben de este panorama tétrico, por ello han salido con todos a la cancha para tratar de revertir la situación. Las autoridades de gobierno están en campaña electoral, legal o ilegalmente pero están en carrera. Y afirman cosas con total desparpajo e impunidad, las más increíbles, las comparaciones más estrafalarias y las sentencias más hirientes. ¡Algo está pasando para tanto griterío y enchastre mediático! Por otro lado los dirigentes políticos y candidatos del oficialismo, del primero al último, están en campaña de terror, de miedo, de advertencias dramáticas y apocalípticas frente a la posibilidad de victoria de la oposición. Parecería que se termina el mundo y hay que prepararse para “el día después”. Incluso algunos entre líneas explicarían la posible derrota, descartan tragedias, anticipan las formas de autocritica de la izquierda para evitar purgas dolorosas.

No hay más ciego ni sordo que el que no quiere ver u oír. Si tiene cuatro patas, ladra, mandíbula con caninos sobresalientes y rabo, entonces, es un perro o una perra; no hay otra.

 

 

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