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Tarigo era un Profesor de derecho. En 1978, solidarizándose con varios de sus compañeros docentes- obligados a renunciar o cesados por la dictadura- abandonó la Universidad. Siempre de saco y corbata, cumplía sus obligaciones con puntualidad inglesa. Durante los días oscuros, fue director del Diario El Día. En 1980, el régimen militar- en una breve primavera política- permitió que en un canal de televisión montevideano se emitiese un programa especial donde unos invitados hablarían a favor de la reforma constitucional y otros ciudadanos presentarían sus argumentos en contra del proyecto.

Tanto el Coronel Bolentini como el consejero de estado Viana Reyes intentaron despertar al dragón al que- como San Jorge- atacaron, aunque sólo verbalmente. Pero la firmeza, las convicciones y la claridad con la que se expresó el Dr. Tarigo esa noche, lograron que la enorme mayoría de los televidentes capitalinos decidieran votar por NO.

La dictadura sabía que la suerte estaba echada en la gran ciudad, pero aún tenían confianza en el voto del interior del país. Proscriptos todos, o casi todos los políticos de relevancia, Tarigo se encontró de pronto representando a los que no tenían voz. En acuerdo con el Dr. Batlle, faltando pocos días para el plebiscito, visitó la ciudad de Paysandú. El día siguiente amaneció con una persistente llovizna.

Los colorados de Salto habían organizado el primer acto público que se llevaría a cabo desde el golpe de estado. A pesar del mal tiempo, varios vecinos iban y venían, caminando por calle Sarandí entre Uruguay y Artigas, sin embargo muy pocos se arrimaron al hall del cine. En aquel tiempo, los funcionarios públicos podían ser despedidos sin causa y los jubilados temían perder sus ingresos. Había mucho temor.

A la hora indicada, Don Ramón Vinci subió al escenario del Metropol y tras unas breves palabras de bienvenida, presentó al Dr. Tarigo. El Profesor dio una clase magistral. La victoria del NO en nuestra ciudad fue arrolladora. Fundador del semanario Opinar, estuvo rodeado de periodistas de fuste, y las clausuras ordenadas por la dictadura, se convirtieron en timbre de honor.

En 1982, participó en las elecciones internas del Partido Colorado, encabezando su propia lista, que resultó la más votada en Montevideo. Fue uno de los redactores de la proclama del Obelisco, cuando el pueblo uruguayo salió a las calles como nunca antes lo había hecho. Acompañando al Dr. Sanguinetti, fue uno de los representantes partidarios en el diálogo con los militares.

Integró la fórmula presidencial siendo electo Vicepresidente de la República. Años después fue designado Embajador ante el Reino de España.

Autor del decálogo del joven batllista, nos emociona cada vez que tenemos dichas páginas en nuestras manos: “… Sólo el conocimiento adecuado de los problemas y soluciones nos liberará del voluntarismo, de ese mal tan generalizado, aunque tan pocos lo admitan, que consiste en creer que sólo con la voluntad pueden lograrse cambios y transformaciones…”

El profesor Miguel Lagrotta ha dicho que Enrique Tarigo fue una de las figuras relevantes en la política uruguaya durante tres décadas claves en la historia del país: antes, durante y en la posdictadura. “No puedo vivir sin libertad” dijo cuando se dio cuenta que la dictadura había llegado para quedarse. Un hombre que se hizo escuchar en la política y en el periodismo como defensor de los valores liberales y de las ideas en las que creía.

Tarigo, en palabras del Dr. Sanguinetti, en momentos culminantes de la historia política, salió “a combatir con el arma del pensamiento y la palabra.” Falleció en el año 2002. Lo recordamos con respeto, admiración y agradecimiento. Su nombre debería incorporarse a nuestro Nomenclator.

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