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La historia del coloradismo es la historia misma de la República. No solo porque ambas nacieron y crecieron juntas, sino también por las interacciones y las mutuas influencias. El Uruguay comercial, pastoril y caudillesco fue testigo del alumbramiento de la divisa colorada a través del inigualable General Fructuoso Rivera. Un primus inter pares. Sin él, difícil poder imaginar un Estado soberano. De este modo, tierra y mar, ciudad y campo, comenzaron a nutrirse de la sabia liberal y republicana con el propósito de enfrentar cualquier tipo de intransigencia y despotismo. Así lo comprendió Giuseppe Garibaldi, un italiano que batalló por la libertad en Europa y América desde el Gobierno de la Defensa precedido por Joaquín Suárez. Este último, con desinterés y abnegación, no dudó en salvaguardar las arcas públicas a expensas de su caja personal.


Pasados los años, cientos de hombres, basándose en el pensamiento liberal, dieron su vida enfrentando la hegemonía de un solo partido: el oficial. Además, siendo imposible eliminar por decreto o manifiestos la tradición, reivindicaron la fracción colorada como elemento identitario de la sociedad oriental. Con el tiempo, los programas de gobierno y la institucionalidad dejaron de lado la divisa para instalar los modernos partidos políticos. De ellos, la arena cívica demandó mayor participación ciudadana.

Tanto el militarismo como el civilismo se mostraron abrumados por el grito democrático. El ejército y la política de élites fueron testigos de una nueva coyuntura. Nace en medio de la modernización y el cambio de siglo el Uruguay Batllista. Al mismo tiempo, el Partido Colorado rejuvenece su esencia complementando libertad y justicia social. Son tiempos de José Batlle y Ordóñez y de su sobrino, Luis Batlle Berres. Con todo, las diversas agrupaciones –dentro y fuera del Batllismo– robustecen la participación y el debate de ideas a través de sus convenciones partidarias.

Las espurias oposiciones que se presentan en la región por medio del populismo o la revolución son combatidas por el coloradismo. No quedan atrás las ambiciones personales o los avances corporativos. El pequeño país modelo, “la Suiza de América” o “la tacita del Plata” demuestra para propios y extraños la indisoluble combinación de bienestar y democracia. Las mismas ya se han convertido en valores intransferibles en todo el país.

La ética de las convicciones y la responsabilidad, sin importan el lugar que se ocupe, sea oposición u oficialismo, halla al Partido Colorado en la primera línea de batalla. Lo hizo en la Revolución del Quebracho, un enfrentamiento que, si bien no fue partidario, tuvo en sus cuadros a futuros presidentes de dicha colectividad. Todavía retumba en filas Batllistas la bala en el pecho de Baltasar Brum, el Febrero Amargo de Amilcar Vasconcellos o la Declaración del Comité Ejecutivo del Partido Colorado “Batllismo” en julio de 1973. La restauración y la consolidación democrática tuvo un lugar destacado para el coloradismo. Y a su vez, dirigentes y militantes las priorizaron sobre todas las cosas.

Dicho de este modo, en cada una de las instancias el Partido Colorado amalgamó bienestar, libertad y democracia. Fue su noble triada a través del tiempo. Hoy, pese a todo, lo seguirá siendo.

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