Se viene la hora de la realidad fiscal
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Por Jose Pedro Cardozo
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El gobierno nacional transita entre dificultades de gestión, problemas de comunicación y una creciente sensación de incertidumbre sobre el rumbo que pretende imprimirle al país. Más allá de las discusiones políticas habituales, existe un dato imposible de ignorar: la realidad económica terminó imponiendo límites mucho más estrechos de los que muchos imaginaban.
Esa realidad quedará expuesta en una instancia clave que se aproxima: la Rendición de Cuentas. Allí comenzará un debate que promete ser intenso, particularmente porque diversos sindicatos estatales y el PIT-CNT ya preparan sus reclamos por mayores recursos, más presupuesto y nuevas partidas para distintos sectores de la administración pública.
Sin embargo, hay un detalle que parece quedar sistemáticamente fuera de la discusión. El propio gobierno ha advertido que se tratará de una Rendición de Cuentas con margen prácticamente nulo para aumentar el gasto. En otras palabras, no habrá dinero para satisfacer todas las demandas que inevitablemente aparecerán sobre la mesa.
Lo preocupante es que gran parte del debate público parece desarrollarse como si Uruguay viviera en una realidad paralela. Como si los recursos fueran infinitos. Como si cada reclamo pudiera atenderse simplemente por voluntad política. Como si el Estado tuviera una fuente inagotable de financiamiento capaz de sostener más cargos, más presupuesto, más programas y más estructuras burocráticas.
Pero los recursos no nacen de la nada. No existen magos ni superhéroes capaces de multiplicar el dinero indefinidamente. Los países pueden gastar más cuando producen más, cuando crecen más y cuando generan riqueza de manera genuina. Lo que no pueden hacer de forma permanente es financiar cada nueva demanda aumentando el endeudamiento o trasladando la cuenta a las futuras generaciones.
Por eso resulta difícil comprender algunos planteos que siguen insistiendo en que todo se resuelve abriendo la billetera estatal. Muchas veces desde determinados sectores sindicales se presenta al equipo económico como el responsable de aplicar políticas restrictivas por razones ideológicas.
Se acusa de insensibilidad a quienes advierten sobre la necesidad de cuidar las cuentas públicas. Sin embargo, los números no responden a consignas políticas. Responden a una realidad que condiciona cualquier administración, sea del signo que sea.
A esto se suma otro problema que golpea directamente a la ciudadanía. Uruguay se ha convertido en uno de los países más caros de la región. Familias, trabajadores, comerciantes y empresarios conviven diariamente con costos elevados, tarifas importantes y una presión fiscal que hace tiempo alcanzó niveles difíciles de sostener. Pretender que la solución pasa por seguir aumentando la carga sobre quienes producen y generan empleo sería insistir en una receta que muestra claros signos de agotamiento.
Cada vez son menos los que, desde la actividad privada, sostienen el enorme peso de un Estado que muchas veces parece incapaz de revisar sus propios gastos. Mientras se reclaman más recursos, la población observa con creciente molestia situaciones que transmiten una imagen de despilfarro, desde viajes oficiales hasta gastos protocolares que difícilmente encuentren justificación en momentos de restricciones.
Eso no exime al gobierno de responsabilidades. Por el contrario. La administración necesita mejorar su capacidad de gestión, ordenar prioridades y comunicar con mayor claridad la situación que enfrenta el país. También debe demostrar que comprende las dificultades cotidianas de la gente y que está dispuesta a exigir austeridad en todos los niveles del Estado.
La economía creció por debajo de lo esperado. Como consecuencia, la recaudación también fue menor a la proyectada. Esa combinación genera tensiones inevitables y explica buena parte de los límites actuales. Ignorar este escenario no ayudará a resolver los problemas. Por el contrario, sólo contribuirá a profundizar frustraciones.
La próxima Rendición de Cuentas será, en definitiva, una prueba de madurez política. El desafío consiste en abandonar las fantasías presupuestales y asumir una verdad elemental: ningún país puede gastar indefinidamente más de lo que es capaz de generar. Cuanto antes se entienda, más fácil será comenzar a construir soluciones duraderas.