23 mil días que merecen una explicación
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Por Pedro Rodríguez
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Durante muchos años se habló de los derechos sindicales. Se habló de la importancia de defender a los trabajadores y de la necesidad de que los dirigentes sindicales contaran con tiempo para desarrollar su tarea. Y nadie discute ese derecho. Lo que hoy corresponde discutir es otra cosa. ¿Cómo se utilizó ese derecho durante los diez años de gobierno del Frente Amplio en la Intendencia de Salto? Los números conocidos llaman poderosamente la atención. Más de 23.000 días de licencia sindical fueron otorgados durante esa década. Sí, más de veintitrés mil días.
Traducido a un lenguaje sencillo, estamos hablando de más de 63 años de trabajo pagos con dinero de todos los salteños, pero sin que esos funcionarios desempeñaran sus tareas habituales porque estaban amparados en licencias sindicales. La primera reacción es el asombro. La segunda debe ser una pregunta. ¿Qué beneficio obtuvo el trabajador municipal durante esos diez años para justificar semejante cantidad de licencias sindicales? Porque cuando uno analiza lo que ocurrió en esa década aparecen muchas dudas.
Los funcionarios municipales pasaron años reclamando mejoras salariales. Los aumentos fueron escasos o prácticamente inexistentes durante mucho tiempo. La precariedad laboral era motivo de conversación permanente. Hubo accidentes laborales. Hubo trabajadores denunciando situaciones injustas. También hubo ingresos directos de familiares, amigos y militantes políticos que generaron fuertes cuestionamientos. Sin embargo, cuesta recordar grandes movilizaciones o denuncias públicas del sindicato por muchos de esos temas.
Entonces la pregunta vuelve a ser la misma. ¿Cuál fue el resultado de esos más de 23.000 días de licencia sindical? Porque la licencia sindical no fue creada para beneficiar a los dirigentes. Fue creada para defender a los trabajadores. Y cuando después de diez años los trabajadores siguen reclamando por salarios, por condiciones laborales y por estabilidad, es lógico preguntarse si el objetivo realmente se cumplió. Lo que más llama la atención es que todo ese tiempo fue financiado con recursos públicos. No salió del bolsillo del sindicato. No salió de una organización privada. Lo pagó el pueblo de Salto. Lo pagó el comerciante. Lo pagó el productor. Lo pagó el jubilado. Lo pagó cada vecino que cumplió con sus impuestos.
Por eso este tema no pertenece únicamente al sindicato o a la Intendencia. Pertenece a toda la sociedad. Porque estamos hablando del uso del dinero público. Y cuando se administra dinero público no alcanza con decir que todo era legal. También hay que demostrar que fue útil. Que sirvió. Que mejoró la vida de los trabajadores. Si durante diez años hubo precariedad laboral, si durante diez años prácticamente no hubo aumentos importantes, si hubo accidentes laborales y si muchos funcionarios sentían que nadie levantaba la voz por ellos, entonces es válido preguntarse qué hicieron quienes disponían de miles de días de licencia sindical.
No se trata de perseguir a nadie. No se trata de estar en contra del sindicalismo. Todo trabajador tiene derecho a estar representado. Pero también todo contribuyente tiene derecho a saber cómo se utilizó el dinero que salió de su bolsillo. Por eso entendemos que la actual Junta Departamental tiene una enorme responsabilidad. No solamente aprobar fideicomisos, líneas de crédito o nuevos proyectos. También controlar lo que ocurrió durante los últimos años. La Junta es el órgano de contralor del gobierno departamental. Y como tal debería impulsar una investigación seria y transparente sobre el uso de las licencias sindicales durante la última década.
Que se informe cuántos dirigentes utilizaron ese beneficio. Cuántos días utilizó cada uno. Cuánto dinero representó para la Intendencia. Y, principalmente, cuáles fueron los logros obtenidos para los trabajadores municipales. Porque las cifras, por sí solas, impresionan. Más de 23.000 días. Más de 63 años acumulados de licencias sindicales.
Pero los números, sin explicaciones, generan más preguntas que respuestas. Desde este espacio vamos a seguir insistiendo. Vamos a ser recurrentes en este tema porque creemos que el pueblo de Salto merece conocer toda la verdad. La transparencia no puede ser un discurso de campaña. Debe ser una obligación permanente.
Y si realmente queremos construir una administración más ordenada, más justa y más responsable, también debemos revisar cómo se utilizaron los recursos públicos durante la última década. Los trabajadores merecen respuestas. Pero también las merecen los miles de contribuyentes que, con el pago de sus tributos, financiaron esas licencias sindicales.
Es tiempo de investigar. Es tiempo de rendir cuentas. Y es tiempo de que el pueblo de Salto sepa, con claridad, qué recibió a cambio de más de 23.000 días de licencias sindicales pagadas con el dinero de todos.