Añoro la libertad y la seguridad del Salto de mi juventud
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Por Jose Pedro Cardozo
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Los últimos episodios de violencia registrados en nuestra ciudad vuelven a instalar una sensación que crece con el paso de los años: la de haber perdido aquel Salto tranquilo que muchos tuvimos el privilegio de conocer. Los recientes asaltos a mano armada, uno de ellos con un importante botín y otro que dejó a una persona herida con un arma blanca en barrio Burton, no son hechos aislados. Se suman a una sucesión de delitos, agresiones, rapiñas, enfrentamientos y episodios de violencia que, casi sin darnos cuenta, comenzaron a formar parte de la agenda cotidiana. Pero más allá de las estadísticas o de los partes policiales, hay algo mucho más profundo que preocupa: la pérdida de la confianza.
Cada fin de semana aparecen personas lesionadas que, por distintos motivos, prefieren no denunciar a quienes las agredieron. Sea por miedo, desconfianza o temor a futuras represalias, ese silencio resulta inquietante. Cuando una víctima siente que es mejor callar que hablar, la sociedad comienza a acostumbrarse a convivir con el miedo. Y eso nunca es una buena señal.
A ese panorama se agregan las picadas de motos, verdaderas exhibiciones de irresponsabilidad que ponen en riesgo la vida de quienes participan y también de cualquier vecino que circunstancialmente se cruce en su camino. La sensación de impunidad termina agravando un problema que hace años reclama respuestas más contundentes.
También es imposible ignorar el avance del microtráfico de drogas, un fenómeno que golpea especialmente a los barrios más vulnerables y que, directa o indirectamente, alimenta otros delitos. Detrás del dinero fácil aparecen las adicciones, las deudas, los ajustes de cuentas y una violencia que muchas veces encuentra como víctimas a los propios jóvenes.
Todo esto lleva inevitablemente a comparar el presente con aquel Salto que muchos recordamos con cariño.
Quienes hoy peinamos canas crecimos en una ciudad donde la bicicleta era sinónimo de libertad. Salíamos de mañana y regresábamos cuando caía el sol, recorriendo barrios, plazas y calles sin que nuestros padres vivieran pendientes del teléfono o del reloj. Los niños jugaban al fútbol en la calle hasta que oscurecía; las plazas estaban llenas de familias y los adolescentes caminaban de madrugada después de un baile o una reunión de amigos sin sentir que cada esquina podía esconder un peligro.
No era una ciudad perfecta. Siempre existieron delitos y problemas. Pero la diferencia estaba en que la inseguridad no condicionaba la forma de vivir.
Hoy los padres acompañan a sus hijos hasta la puerta del liceo, controlan permanentemente dónde están y con quién. Muchos jóvenes dudan antes de caminar solos por determinadas zonas o regresar de noche a sus hogares. Las rejas crecieron, las cámaras de vigilancia se multiplicaron y las alarmas dejaron de ser un lujo para convertirse en una necesidad.
Eso representa una pérdida silenciosa, pero enorme. Porque la verdadera riqueza de una ciudad no se mide solamente por sus obras o por su crecimiento económico. También se mide por la tranquilidad con la que viven sus habitantes y por la libertad que tienen sus niños para disfrutar de su infancia.
Quizás por eso muchos sentimos nostalgia. No por idealizar el pasado, sino porque recordamos un Salto donde la confianza era parte de la vida cotidiana, donde el esfuerzo, el trabajo y la educación parecían marcar el rumbo de la sociedad y donde la palabra "seguridad" casi no ocupaba espacio en las conversaciones.
Ojalá algún día nuestros hijos y nietos puedan volver a experimentar esa misma sensación de libertad. Porque una ciudad que obliga a vivir con miedo deja de ser plenamente nuestra. Y recuperar esa tranquilidad debería ser una causa común, por encima de cualquier diferencia política o ideológica.
Añorar aquel Salto no significa vivir del pasado. Significa recordar que otra forma de convivir fue posible y que, con decisión, compromiso y responsabilidad colectiva, también puede volver a serlo.