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La muerte de un niño de apenas 12 años, alcanzado por una bala perdida durante un enfrentamiento armado en las Canteras del Parque Rodó, constituye uno de esos hechos que marcan un antes y un después. No fue un ajuste de cuentas más. No fue una cifra estadística. Fue el asesinato de la inocencia en un espacio público, un lugar donde cualquier familia uruguaya puede y debe disfrutar en paz y con seguridad.

Lo más grave es que este crimen confirma una realidad que desde hace tiempo se viene instalando silenciosamente: la violencia ya no está confinada a los barrios más conflictivos de Montevideo. Aquella idea de que determinados episodios pertenecían exclusivamente a zonas dominadas por el narcotráfico ha quedado definitivamente enterrada. Hoy las balas aparecen en parques, plazas, avenidas y espacios recreativos. Cualquier ciudadano puede convertirse en una víctima circunstancial de una guerra criminal que no eligió.

El avance del narcotráfico y de las organizaciones delictivas ha ido ocupando espacios que jamás debieron abandonar las instituciones del Estado. Cuando sicarios disparan a plena luz del día, sin importar quién pueda cruzarse en su camino, el mensaje es claro: sienten que pueden actuar con impunidad.

Ante semejante escenario, resulta insuficiente responder únicamente con discursos, conferencias de prensa o anuncios de futuras estrategias. La sociedad reclama hechos concretos. Reclama presencia del Estado. Reclama autoridad. Reclama que quien decida sembrar el terror encuentre una respuesta inmediata, contundente y dentro del marco de la ley.

En los últimos tiempos se ha debatido largamente sobre la utilización de vehículos blindados y otros recursos materiales para reforzar la seguridad. Sin embargo, ningún equipamiento, por sofisticado que sea, resolverá el problema si detrás no existe una política firme de recuperación del territorio. Lo que Uruguay necesita es inteligencia criminal, investigación, allanamientos permanentes, desarticulación de bandas, control efectivo de armas y una presencia policial respaldada y sostenida allí donde el delito pretende imponer sus propias reglas.

Y si la magnitud de la amenaza supera la capacidad operativa disponible, corresponde analizar seriamente la participación de las Fuerzas Armadas en funciones de apoyo logístico, vigilancia de infraestructuras críticas o control perimetral, siempre dentro de los límites constitucionales y bajo conducción de las autoridades civiles. Lo verdaderamente irresponsable sería permanecer inmóviles mientras las organizaciones criminales continúan expandiendo su poder.

Porque aquí ya no se discute únicamente seguridad. Se discute la libertad de vivir sin miedo. Se discute el derecho de los padres a llevar a sus hijos a una plaza sin pensar que una bala perdida puede cambiarles la vida para siempre. Se discute la supervivencia misma de la convivencia democrática.

El asesinato de este niño representa un fracaso colectivo que interpela a toda la dirigencia política, sin distinción de partidos ni gobiernos. La lucha contra el crimen organizado no admite mezquindades ideológicas ni cálculos electorales. Exige unidad, decisión y perseverancia.

Uruguay construyó durante décadas una reputación de país tranquilo, donde la violencia extrema era una excepción. Esa identidad se encuentra hoy seriamente amenazada. Si el Estado no recupera rápidamente el monopolio efectivo de la fuerza y no deja absolutamente claro que el territorio nacional pertenece a la ley y no a las bandas criminales, la espiral de violencia continuará cobrando víctimas inocentes.

La muerte de un niño de 12 años no puede convertirse en un episodio más destinado a desaparecer con el próximo titular. Debe transformarse en el punto de inflexión que obligue a actuar con toda la firmeza que exige la defensa de la vida. Porque cuando las balas del narcotráfico alcanzan a un niño, ya no estamos frente a un problema policial: estamos frente a un desafío a la autoridad del Estado y a los valores fundamentales de toda la sociedad uruguaya. Tolerarlo sería comenzar a aceptar como normal lo que jamás debe serlo.

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