Cuando las explicaciones no alcanzan
-
Por Jose Pedro Cardozo
/
director@laprensa.com.uy
El caso de la anestesista Soledad Barrera ha trascendido el ámbito estrictamente judicial o médico. Lo que comenzó siendo una tragedia vinculada al fallecimiento de una pediatra durante una intervención quirúrgica, derivó en una compleja trama de decisiones administrativas, responsabilidades institucionales y silencios políticos que hoy colocan al Ministerio de Salud Pública en el centro de la controversia.
La Justicia ya habló. Determinó la responsabilidad de la profesional y la condenó por homicidio culposo. Paralelamente, la Comisión Honoraria de Salud Pública resolvió aplicar una sanción de cinco años de inhabilitación para ejercer la medicina. Fue una resolución adoptada por especialistas de amplia trayectoria, profesionales que integran un organismo técnico cuya función es precisamente velar por la ética y la seguridad en el ejercicio de la medicina.
Sin embargo, lejos de cerrarse, el caso siguió acumulando interrogantes. Con el paso de los meses fueron apareciendo antecedentes laborales, informes sobre problemas de dependencia a sustancias altamente controladas como el fentanilo y datos sobre el desempeño profesional de la anestesista en distintos centros asistenciales. También surgieron cuestionamientos acerca de cómo actuaron las autoridades sanitarias frente a información que, según trascendió públicamente, era conocida desde tiempo atrás.
Lo que más preocupa no es solamente lo ocurrido en el quirófano. Lo verdaderamente inquietante es la sensación de que el sistema institucional encargado de controlar, sancionar y prevenir pudo haber fallado en distintas etapas. Y cuando eso sucede, el problema deja de ser individual para transformarse en una cuestión de interés público.
En los últimos días la polémica escaló aún más cuando se conoció que el Ministerio de Salud Pública no compareció en una instancia ante el Tribunal de lo Contencioso Administrativo relacionada con la sanción aplicada a la profesional. Jurídicamente podrán existir explicaciones. Administrativamente también. Pero políticamente el mensaje es otro. Cuando una institución está convencida de la legitimidad de sus decisiones, lo esperable es que las defienda hasta las últimas consecuencias.
A esto se suma otro elemento preocupante: la renuncia de integrantes de la Comisión Honoraria de Salud Pública, un hecho que alimentó la percepción de que las decisiones técnicas terminaron chocando contra decisiones políticas o administrativas. Y cuando los organismos especializados pierden autonomía o sienten que sus resoluciones son ignoradas, se debilita la confianza en todo el sistema.
Es en ese contexto que cobran fuerza los cuestionamientos planteados desde la oposición. Desde donde se han exigido explicaciones y reclamos por responsabilidades políticas. El planteo puede compartirse o no, pero pone sobre la mesa preguntas que merecen respuestas claras: ¿qué información manejaba el Ministerio? ¿Qué medidas adoptó frente a los antecedentes conocidos? ¿Por qué se tomaron determinadas decisiones? ¿Y quién debe asumir la responsabilidad por ellas?
La comparecencia de la ministra Cristina Lustemberg, hoy, ante el Parlamento será, por lo tanto, mucho más que una instancia formal de rendición de cuentas. Será una oportunidad para aclarar hechos, despejar dudas y recuperar credibilidad institucional.
Nadie debería pretender transformar una tragedia humana en una herramienta de confrontación partidaria. Pero tampoco es aceptable que un caso de esta gravedad quede envuelto en silencios, contradicciones o explicaciones insuficientes. Cuando hay una vida perdida, cuando existen organismos técnicos que adoptan resoluciones contundentes y cuando las actuaciones del Estado quedan bajo sospecha, la sociedad tiene derecho a saber toda la verdad.
Más, cuando las explicaciones no alcanzan y las dudas terminan ocupando su lugar. Y eso nunca es una buena noticia para las instituciones.