Entre la zafra y la escasez
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Por José Pedro Cardozo
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En Salto se respira una contradicción que no es nueva, pero que en estos días se vuelve más evidente: mientras algunos sectores comienzan a moverse con la llegada de la zafra citrícola, la actividad hortícola, la cosecha del arroz y el repunte turístico tras la Semana de Turismo, en la vida cotidiana de la ciudad se instala una frase que se repite con inquietante frecuencia: “no hay plata”.
El diagnóstico no surge de un análisis técnico ni de grandes cifras macroeconómicas, sino del termómetro más directo y honesto: la calle. Comerciantes de distintos rubros coinciden en que abril ha sido particularmente duro. Ventas escasas, consumo retraído y la necesidad de recurrir a ahorros para sostener costos fijos que no dan tregua —alquileres, proveedores, aportes al BPS y obligaciones con DGI— dibujan un panorama que preocupa. Abrir cada día, para muchos, ya no es sinónimo de ingreso, sino de resistencia.
El fenómeno tiene explicaciones múltiples y acumulativas. Marzo, como cada año, golpea fuerte el bolsillo de las familias: el inicio de clases implica uniformes, calzado, útiles, materiales y, en muchos casos, gastos vinculados a estudios terciarios fuera del departamento. A ello se suman los costos asociados a la Semana de Turismo, que si bien dinamiza sectores como la hotelería y la gastronomía, también deja un saldo de cuentas ajustadas en buena parte de la población.
Pero lo que más inquieta no es el gasto en sí, sino la falta de recuperación posterior. El dinero no vuelve a circular con la velocidad esperada. Esa ausencia de “movimiento” se percibe incluso en actividades informales: cuidacoches que ven reducir sus ingresos, zonas céntricas con menor tránsito y una Zona Azul que no logra cumplir su objetivo recaudador ante la baja demanda. Es una señal clara de enfriamiento en el consumo urbano.
En este contexto, las esperanzas se depositan en la zafra del citrus, una de las principales fuentes de empleo estacional del departamento. Su inicio trae alivio, aunque limitado, para cientos de trabajadores. También el frigorífico, la casi permanente producción hortícola y el sector turístico aparecen como pilares que podrían sostener cierta estabilidad, especialmente si se mantiene el flujo de visitantes que se observó en los fines de semana posteriores a Turismo. Sin embargo, confiar exclusivamente en estos motores es, cuanto menos, riesgoso.
Porque mientras algunos sectores empujan, otros quedan rezagados. Y en esa brecha crece el temor a un aumento del desempleo o, peor aún, de la informalidad laboral, que suele ser la salida inmediata ante la falta de oportunidades formales. A esto se suma un dato que rompe con viejas lógicas: la tradicional “válvula de escape” de cruzar a la frontera para abaratar costos ya no resulta tan conveniente. El encarecimiento en ciudades vecinas y el costo del combustible, incluso con beneficios recortados, han reducido significativamente esa alternativa.
Salto enfrenta así un momento bisagra. La coyuntura puede ser transitoria, pero también puede ser el reflejo de un problema más profundo: una economía local demasiado dependiente de ciclos y sin suficiente diversificación. La frase “no hay plata” no debería naturalizarse. Es una alerta. Y como toda alerta, exige respuestas: políticas que estimulen el consumo, apoyen al comercio local y fortalezcan el empleo.
Porque sin circulación de dinero, no hay desarrollo posible. Y sin desarrollo, la esperanza —esa que hoy se deposita en la zafra o en un buen fin de semana turístico— corre el riesgo de convertirse en una ilusión pasajera.