Gobernar implica convivir con la critica
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Por Jose Pedro Cardozo
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En toda democracia madura existe una regla no escrita pero fundamental: gobernar implica convivir con la crítica. Es parte del juego institucional, de la deliberación pública y del necesario control que ejerce la oposición sobre quienes administran el poder. Sin embargo, en los últimos tiempos parece haberse instalado en algunos sectores del oficialismo una sensibilidad excesiva frente a cualquier observación que cuestione el rumbo del gobierno.
Lo que durante años fue considerado un ejercicio normal de discrepancia política hoy comienza a ser presentado como un intento de desestabilización. Y allí aparece una pregunta inevitable: si una crítica convencional es capaz de generar semejante reacción, ¿el problema está en quienes hablan o en quienes escuchan?
Porque las críticas que hoy se formulan no son distintas de las que históricamente han acompañado a todos los gobiernos. La oposición cuestiona, advierte, propone alternativas y señala errores. Siempre fue así y difícilmente deje de serlo. Cuando esas observaciones son interpretadas como amenazas institucionales, quizás el inconveniente no radique en la intensidad del cuestionamiento sino en la fragilidad de las certezas con las que se responde.
Detrás de esa sensibilidad parece haber algo más profundo: nerviosismo. Y el nerviosismo suele aparecer cuando la realidad comienza a enviar señales preocupantes. La economía uruguaya muestra síntomas que generan inquietud. Hay desaceleración, dificultades para dinamizar la actividad, incertidumbre sobre el crecimiento y preocupación respecto a la generación de empleo. Son datos que admiten distintos matices, pero cuya existencia nadie discute seriamente.
En ese contexto, resulta llamativo que desde el gobierno exista tan poca disposición a escuchar diagnósticos alternativos o recomendaciones provenientes de otros ámbitos. Nadie obliga a adoptar las propuestas de la oposición, de los analistas o de los actores económicos. Pero escucharlas debería formar parte de una actitud de apertura y fortaleza, no de debilidad.
Cuando la emoción ocupa el lugar que debería ocupar la razón, lo que termina proyectándose es una imagen de inseguridad. Y esa percepción se vuelve especialmente delicada cuando involucra al equipo económico. La confianza, en materia económica, no se construye únicamente con números; también se construye con señales.
Por eso llamó la atención el tono adoptado recientemente por el ministro Gabriel Oddone en algunos ámbitos de discusión pública. No solo por sus respuestas a las críticas, sino también por la manera en que pareció marcar distancia respecto de opiniones provenientes de colegas y especialistas. Y allí aparece una cuestión central.
Gabriel Oddone no llegó al Ministerio de Economía como un dirigente político tradicional. Su incorporación al gobierno fue, antes que nada, un mensaje. Representó una señal de moderación, racionalidad y credibilidad. Fue convocado por lo que pensaba, por lo que había escrito y por la independencia intelectual que cultivó durante décadas. No fue elegido para repetir consignas partidarias ni para satisfacer expectativas militantes.
Esa trayectoria es precisamente la que le otorgó prestigio y reconocimiento. Por eso, cada vez que habla, sus palabras tienen un peso particular. No habla solamente un ministro. Habla también uno de los economistas más influyentes del país.
Y allí surge una tensión inevitable. Hoy conviven dos figuras en una misma persona: Gabriel Oddone economista y Gabriel Oddone ministro. El primero construyó su reputación analizando la realidad con independencia, incluso cuando sus conclusiones resultaban incómodas para los gobiernos de turno. El segundo tiene la responsabilidad de defender una gestión y sostener políticamente determinadas decisiones.
La gran incógnita es cuál de los dos terminará predominando. Porque si el economista que durante años observó la realidad con espíritu crítico lograra, aunque sea por un momento, volver a ocupar aquel lugar de observador independiente, quizás encontraría más coincidencias con muchas de las advertencias que hoy se realizan desde fuera del gobierno que con el optimismo que se intenta transmitir desde algunos despachos oficiales. La crítica no debilita a los gobiernos. Lo que los debilita es la incapacidad para escucharla. Cuando las observaciones externas pasan a percibirse como agresiones, el problema ya no está en el mensaje. Está en la confianza con la que se enfrenta la realidad.