Lo lamentable de la educación en caída libre
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Por Jose Pedro Cardozo
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Los resultados de Aristas Media 2025, una evaluación realizada Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd), vuelven a poner sobre la mesa una realidad que ningún gobierno puede disimular: la educación uruguaya arrastra problemas graves, persistentes y de consecuencias cada vez más preocupantes. No se trata de una dificultad pasajera ni de un contratiempo administrativo. Está en juego la formación de nuestros jóvenes y, con ella, la capacidad del país para construir un futuro de oportunidades.
Las cifras son elocuentes. Más del 60% de los liceos públicos comienza el año sin contar con todos los profesores necesarios y casi la mitad termina el período lectivo con vacantes docentes todavía sin cubrir. Durante 2025, cerca del 12% de los estudiantes de secundaria pública pasó un mes o más sin profesor en alguna asignatura. En la formación profesional básica de UTU, la proporción llegó al 14%.
A esta realidad se suma el ausentismo estudiantil, otro de los males que comprometen el funcionamiento del sistema. Apenas el 65,7% de los alumnos de secundaria pública concurre a más del 80% de las clases. En educación técnica, el porcentaje cae al 53,1%. Es decir, una proporción considerable de adolescentes no asiste con la regularidad necesaria para sostener un proceso de aprendizaje consistente.
¿Con qué autoridad puede exigirse rendimiento cuando el propio sistema no garantiza la continuidad de la enseñanza? ¿Cómo se pretende recuperar conocimientos y mejorar los resultados si faltan docentes, se pierden jornadas de clase y la asistencia dista de ser la adecuada?
La responsabilidad política debe ejercerse con seriedad. Sería injusto atribuir toda esta situación al actual gobierno, porque el deterioro que documenta Aristas se remonta a 2018 y atraviesa distintas administraciones. Del mismo modo, estos resultados no constituyen, por sí solos, una evaluación definitiva de la transformación educativa impulsada durante el período anterior. Pero ninguna de estas precisiones puede utilizarse como coartada para eludir responsabilidades.
La educación no puede continuar atrapada en la disputa partidaria, donde cada administración intenta cargar las culpas sobre la anterior y presenta sus propias iniciativas como la solución definitiva. Los estudiantes no disponen de tiempo para esperar a que los políticos resuelvan sus diferencias. Cada año perdido deja consecuencias que pueden acompañarlos durante toda la vida.
Las autoridades actuales tienen la obligación de actuar. Deben asegurar la cobertura de los cargos docentes, combatir el ausentismo, mejorar la convivencia en los centros educativos y colocar los aprendizajes fundamentales en el centro de las prioridades. También deben fijar objetivos concretos, medibles y verificables, sometiendo sus políticas a evaluaciones independientes. Sin resultados comprobables, cualquier promesa de reforma queda reducida a propaganda.
Uruguay no puede aspirar a una economía más productiva, a una inserción internacional competitiva ni al desarrollo de actividades basadas en el conocimiento si una parte importante de sus jóvenes no adquiere las herramientas educativas indispensables. Pero el daño más profundo no se mide únicamente en términos económicos: se mide en oportunidades perdidas, capacidades que no llegan a desarrollarse y adolescentes que ingresan a la vida adulta en condiciones de desventaja.
La inclusión educativa es un objetivo irrenunciable, pero no puede confundirse con la mera permanencia dentro del sistema ni con el avance automático de un grado a otro. Incluir es enseñar, formar y asegurar que cada estudiante tenga oportunidades reales de aprender.
Aristas Media 2025 vuelve a advertirnos que el problema existe y que sus raíces son profundas. Lo que falta, no es otro diagnóstico, ni un nuevo discurso. Faltan respuestas eficaces, continuidad en las políticas y voluntad de enfrentar los problemas sin excusas.
La educación uruguaya necesita recuperar exigencia, autoridad pedagógica, asistencia y calidad de enseñanza. Porque hipotecar la formación de nuestros jóvenes es hipotecar el futuro del país. Y ninguna sociedad puede permitirse semejante fracaso.