Los alumnos con celulares están más distraídos pero mejoraron en ciencias
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Por Jose Pedro Cardozo
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El último informe PISA acaba de colocar a Uruguay frente a una sorpresa: nuestros estudiantes de 15 años aparecen entre los que más reconocen distraerse con celulares y otros dispositivos digitales durante las clases de ciencias, pero, al mismo tiempo, Uruguay es uno de los pocos países que logró mejorar su desempeño en esa área. El dato merece algo más que una celebración o una condena a la tecnología.
Lo concreto, es que según la OCDE, el 57% de nuestros estudiantes, afirma que sus compañeros se distraen frecuentemente con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de ciencias, frente a un promedio de 28% entre los países de la organización. Uruguay aparece, por tanto, muy por encima de la media internacional. Sin embargo, PISA 2025 señala que el desempeño uruguayo en ciencias mejoró respecto de 2022 y que el resultado alcanzado es el mejor de la historia del país en esta evaluación. La paradoja es evidente: más distracción digital no significó, en este caso, peores resultados en ciencias.
Pero sería igualmente equivocado sacar de allí la conclusión de que los celulares no importan. La propia OCDE advierte que, en promedio, los estudiantes que sufren distracciones digitales en las clases de ciencias obtienen 11 puntos menos que quienes no las sufren. Uruguay constituye, precisamente, una excepción: aquí esa distracción no aparece asociada a una diferencia estadísticamente significativa en el rendimiento. Esto debería sirve para escapar de dos simplificaciones. El celular es el gran enemigo de la educación y que basta con prohibirlo para recuperar el aprendizaje. La otra, igualmente ingenua, supone que incorporar tecnología convierte automáticamente una clase en moderna y eficaz.
La realidad es bastante más compleja. Uruguay tiene hoy una enorme presencia de dispositivos digitales en las aulas. Los estudiantes declaran utilizar dispositivos 1,4 horas diarias para actividades de aprendizaje, pero también 1,4 horas para actividades recreativas dentro del horario escolar, por encima del promedio de la OCDE en este último caso. Apenas el 14% concurre a centros donde está prohibido utilizar celulares, frente al 49% promedio de la OCDE.
La discusión, entonces, no debería reducirse a celular sí o celular no. La pregunta verdaderamente importante es qué hacemos con él, quién establece las reglas y, sobre todo, qué capacidad tiene el sistema educativo para mantener la atención de un adolescente en una época en la que compite permanentemente con redes sociales, videojuegos, mensajes y contenidos diseñados para capturar su atención.
Aquí aparece otro dato alentador: el 77% de los estudiantes uruguayos afirma que sus docentes muestran interés por el aprendizaje de cada alumno, el 73% señala que el profesor continúa enseñando hasta que los estudiantes comprenden y el 79% dice recibir ayuda cuando la necesita. Son porcentajes superiores a los promedios de la OCDE. Tal vez allí esté parte de la explicación. La tecnología puede distraer, pero un buen docente todavía puede recuperar la atención. Una clase interesante puede competir con una pantalla. Un profesor que explica, exige, acompaña y despierta curiosidad puede lograr que el estudiante vuelva a mirar al pizarrón.
Pero tampoco corresponde cantar victoria. Uruguay continúa por debajo del promedio de la OCDE en ciencias y apenas el 64% de los estudiantes alcanza el nivel mínimo de competencia, frente al 74% internacional. Solo 2% llega a los niveles superiores, contra 7% en la OCDE. Por eso, la enseñanza que deja PISA no es que los celulares sean buenos ni malos. Es que la tecnología no sustituye al maestro, ni la prohibición sustituye a la educación.
El desafío es formar jóvenes capaces de utilizar una pantalla sin convertirse en esclavos de ella. Y, sobre todo, recuperar algo que ninguna aplicación puede enseñar por sí sola: la capacidad de concentrarse, razonar, preguntar y aprender. Ahí está la verdadera prueba PISA para Uruguay. Y esa todavía está pendiente.