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La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, a los 80 años, marca un nuevo capítulo en la política brasileña, pero está lejos de representar una restauración del escenario que acompañó su llegada al poder en 2003. Consiguió movilizar a millones de electores y evitar el regreso del bolsonarismo al Planalto. Sin embargo, el resultado electoral no elimina una realidad más compleja: Brasil sigue mostrando una sociedad inclinada hacia posiciones conservadoras y un mapa político que limita considerablemente el margen de acción del gobierno.

Tres factores permiten comprender la dimensión del desafío. El primero es estructural. La expansión de las iglesias evangélicas, el peso económico y cultural del interior agro exportador y la transformación de sectores que salieron de la pobreza durante los primeros gobiernos del PT modificaron las bases sociales del país. Una parte de esa nueva clase media, integrada por trabajadores independientes y pequeños emprendedores, reclama menos dependencia del Estado. Al mismo tiempo, la inseguridad desplazó al empleo entre las principales preocupaciones ciudadanas. 

Lula ganó la elección, pero no necesariamente recuperó el Brasil que lo acompañó en sus primeros mandatos.

El segundo problema es económico y parlamentario. La deuda pública ronda el 83% del producto interno bruto y las elevadas tasas de interés encarecen el financiamiento y absorben recursos fiscales. Durante la campaña, Lula recurrió a beneficios y promesas de alivio económico para conquistar votos. Ahora deberá administrar esas expectativas en un contexto que exige disciplina presupuestaria, sin alimentar acusaciones de incumplimiento.

La dificultad se agrava en el Congreso. El Partido de los Trabajadores tendrá una representación minoritaria, mientras el Partido Liberal, vinculado al bolsonarismo, constituye la principal fuerza parlamentaria. Para aprobar sus iniciativas, el presidente dependerá nuevamente del llamado centrão, un conjunto de partidos pragmáticos cuya adhesión suele exigir concesiones políticas y presupuestarias. La victoria electoral no le entrega, por tanto, un cheque en blanco para gobernar.

También se dio que sectores opositores cuestionan la legitimidad del resultado, como ocurrió después de las elecciones de 2022. La respuesta dependerá de la solidez de las instituciones, del comportamiento de los gobernadores, de las autoridades legislativas y de las Fuerzas Armadas.

El tercer frente es internacional. Lula pretende sostener una política exterior autónoma, basada en el multilateralismo y en relaciones comerciales equilibradas entre Estados Unidos y China. Brasil busca ampliar sus intercambios en monedas locales, diversificar proveedores tecnológicos y preservar su condición de potencia regional. Esa estrategia, sin embargo, enfrenta límites concretos.

Washington dispone de instrumentos comerciales, financieros y diplomáticos para presionar a Brasilia. Los aranceles anunciados, las sanciones contra un magistrado del Supremo Tribunal Federal y las medidas vinculadas al combate al crimen organizado muestran la profundidad de las diferencias. Las advertencias sobre posibles consecuencias para bancos brasileños y sistemas de pago como PIX agregan incertidumbre. La autonomía internacional tiene costos, especialmente para un país con escaso margen fiscal y un Congreso donde existen sectores próximos a la orientación de Donald Trump.

El escenario también repercute en el Mercosur. Bajo la presidencia de Lula, se pretenderá alentar una visión diferente . Especialmente en la relación con EE.UU. Esa divergencia puede complicar la coordinación regional, aunque también hace más necesaria la búsqueda de acuerdos que preserven los intereses comerciales de los países miembros.

En materia ambiental, la reducción de la deforestación amazónica representa un activo diplomático para Brasil y fortalece su capacidad de intervenir en las negociaciones climáticas.

En definitiva, Lula obtuvo la Presidencia, pero el resultado no resuelve la disputa ni el rumbo del país. Deberá gobernar con una oposición fortalecida, una economía condicionada  y una política exterior sometida a crecientes presiones. Su desafío será demostrar que la victoria electoral puede traducirse en estabilidad, crecimiento y capacidad de negociación. Brasil eligió la continuidad de Lula, pero el futuro dependerá de cómo administre las profundas contradicciones de una sociedad muy dividida.

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