Orsi, cada vez más solo
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Por Jose Pedro Cardozo
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Todo indica que el presidente Yamandú Orsi está cada vez más solo. Solo frente a los problemas, solo frente a los conflictos y, lo que resulta más preocupante, solo dentro de su propio gobierno. A poco más de un año de gestión, la sensación predominante es que nadie le cuida las espaldas. Ni quienes ocupan los cargos más cercanos al despacho presidencial ni aquellos dirigentes que fueron decisivos para llevarlo hasta la Torre Ejecutiva. La responsabilidad alcanza en primer lugar al secretario de Presidencia, Alejandro "Pacha" Sánchez, encargado natural de ordenar la acción política del gobierno y de evitar que los conflictos escalen hasta golpear directamente al presidente. Tampoco el prosecretario Jorge Díaz parece haber logrado construir los diques de contención necesarios para impedir que las crisis se transformen en problemas presidenciales.
Pero el asunto va mucho más allá de los nombres. El problema parece estar en la propia estructura política que rodea a Orsi. José Mujica y Lucía Topolansky fueron fundamentales para su llegada al poder. Lo impulsaron, lo respaldaron y lo presentaron como la figura capaz de asegurar la continuidad del proyecto frenteamplista. Sin embargo, hoy el presidente parece caminar sin la protección efectiva de quienes apostaron por él.
Quizás porque el propio Frente Amplio vuelve a exhibir viejos vicios que ya estuvieron presentes durante el gobierno de Mujica. Aquel período se caracterizó por una profunda contradicción. Mientras se cuestionaba públicamente la burocracia estatal y el crecimiento del empleo público, fue precisamente entonces cuando el aparato estatal registró una expansión significativa de funcionarios y estructuras administrativas.
También fue una administración fragmentada. Muchos la definieron como un gobierno de chacras, donde cada sector funcionaba con autonomía y donde cada dirigente manejaba sus propios espacios de poder con escasa coordinación central. Si aquello eran chacras, hoy parecen quintitas. Son más numerosas, más dispersas y más difíciles de administrar. Cada grupo tiene su agenda, sus prioridades y sus voceros. Todos opinan, todos explican, todos pontifican. El resultado es un ruido permanente que termina ahogando cualquier mensaje claro de gobierno.
Los problemas en la Fiscalía, las controversias en la Jutep, las dificultades en áreas sensibles como Salud Pública, Relaciones Exteriores o Trabajo y Seguridad Social, así como la permanente influencia del PIT-CNT sobre determinadas decisiones gubernamentales, proyectan una imagen de dispersión que erosiona la autoridad presidencial.
Desde la oposición sostienen que el gobierno carece de rumbo. Probablemente sea una afirmación exagerada. Pero también es cierto que cuando muchos tiran para lados distintos, resulta difícil identificar una dirección clara.
En ese contexto, algunos observadores llegan a una conclusión inquietante: el principal sostén político de Orsi ya no parece ser un capital propio, sino la alternativa que representa la vicepresidenta Carolina Cosse. No porque ella concentre una adhesión popular mayoritaria, sino porque sus elevados niveles de rechazo funcionan como un factor de contención para quienes todavía prefieren sostener al presidente antes que imaginar un eventual relevo político.
Las sociedades suelen ser pacientes, aunque no infinitamente. Cuando las expectativas se frustran, cuando los conflictos se acumulan y cuando la sensación de desorden se vuelve cotidiana, aparece el desencanto. Y el desencanto suele ser terreno fértil para discursos que prometen autoridad, mando y soluciones rápidas.
Por eso las preguntas comienzan a multiplicarse. ¿Por qué el presidente no toma determinadas decisiones? ¿Por qué no resuelve asuntos que parecen enquistados? ¿Por qué permite que continúen polémicas que desgastan a su administración? ¿Quiénes lo condicionan? ¿Quiénes le impiden actuar? Son interrogantes que crecen porque el silencio oficial no logra disiparlos.
La historia política enseña que los gobiernos no suelen caer por la fuerza de la oposición. Generalmente se debilitan cuando pierden capacidad de conducción dentro de sus propias filas.Y ese parece ser hoy el mayor desafío de Yamandú Orsi: demostrar que sigue siendo quien gobierna y que no es apenas la figura que ocupa el despacho presidencial mientras otros administran las parcelas del poder.
Porque cuando un presidente aparece solo, la incertidumbre deja de ser un problema personal y se convierte en un problema para todo el país.