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El mundo cambió. Y vaya si lo hizo. Vivimos una transformación tecnológica formidable, con avances que hasta hace poco parecían propios de la ciencia ficción. La inteligencia artificial, la robótica y un desarrollo que promete hacerle la vida cada vez más cómoda al hombre nos colocan frente a un futuro impensado. Pero, en medio de tanto progreso, cabe preguntarse si también estaremos preparados para afrontar una realidad en la que ganar el pan con el sudor de la frente, como reza el viejo precepto bíblico, podría dejar de ser una necesidad para muchos. Mientras tanto, las desigualdades siguen creciendo y la distancia entre quienes disfrutan de los beneficios del desarrollo y quienes apenas consiguen satisfacer sus necesidades parece ensancharse.

Pero no es precisamente de tecnología que quiero hablar. Se aproxima el Día de los Difuntos, cada 2 de noviembre, una fecha que durante décadas tuvo un significado muy particular en nuestras vidas. Una jornada destinada a recordar, homenajear y, de alguna manera, reencontrarnos espiritualmente con aquellos seres queridos que ya no están. Para quienes profesan una religión, también representa la esperanza de otra vida, de un destino que, según las creencias, estará ligado a la conducta que cada uno haya tenido durante su paso por este mundo.

En mi niñez, hace más de setenta años, eran días verdaderamente distintos. Casi podría decirse que eran días muertos. No se acostumbraba hacer nada. La televisión todavía no formaba parte de nuestros hogares y las radios modificaban su programación habitual para emitir música clásica, aquella que llamábamos culta, invitando al silencio, a la reflexión y al respeto por quienes habían partido.

El 2 de noviembre tenía una solemnidad que se respiraba en el ambiente. Las visitas a los cementerios, las flores frescas, la limpieza de las sepulturas y ese momento de recogimiento frente a un panteón, tumba, eran parte de una costumbre compartida, más allá de las creencias religiosas de cada familia.

Hoy, sin embargo, las cosas parecen haber cambiado sustancialmente. Para muchos, los muertos, muertos están. El feriado se transforma en una oportunidad para viajar, pasear, salir de excursión o simplemente disfrutar del dolce far niente. Y no faltará quien aproveche este fin de semana largo sin dedicar siquiera unos minutos a recordar a quienes alguna vez fueron parte fundamental de su vida.

No pretendo juzgar conductas. Cada cual sabrá cómo vive sus afectos y de qué manera procesa las ausencias. Porque también es cierto que el recuerdo no necesita necesariamente una visita al cementerio ni una flor para ser auténtico.

Pero hay algo que merece una reflexión: aquellos que ya no están fueron personas irrepetibles. Padres, madres, abuelos, familiares y amigos que nos brindaron amor, cuidados, sacrificios y esfuerzos, muchas veces pensando en que sus hijos y nietos pudieran vivir mejor que ellos. Una generosidad que hoy, en una sociedad cada vez más individualista, parece no tener siempre el mismo espacio.

Quizás por eso, al acercarse este 2 de noviembre, estos recuerdos y pensamientos me llevaron a escribir este divague. No por nostalgia de todo tiempo pasado, sino por la sensación de que hemos ido dejando por el camino algunas costumbres, ciertos valores y pequeños gestos que también formaban parte de nuestra identidad.

Porque, al fin y al cabo, la muerte sigue siendo la única certeza que nos iguala a todos. Y aunque cambien las épocas, las tecnologías y las formas de vivir, no debería cambiar nuestra capacidad de recordar, agradecer y honrar a quienes nos precedieron. Es que, definitivamente, ya ni el Día de los Difuntos es lo que era...

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