El barco escora
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy
El gobierno atraviesa una crisis que ya no admite maquillajes discursivos ni apelaciones a la paciencia ciudadana. El barco escora peligrosamente y, de continuar en esta deriva, amenaza con irse a pique antes de cumplir siquiera la mitad de su travesía. Lo más significativo es que la desaprobación no proviene únicamente de la oposición: Yamandú Orsi ha logrado una rara unanimidad política, poniendo de acuerdo a tirios y troyanos en torno a un mismo diagnóstico de desconcierto, debilidad y falta de rumbo.
No es para menos. Mientras el presidente intenta proyectar moderación y diálogo, sus propios ministros y sectores aliados se encargan de desautorizarlo públicamente. Los comunistas, a través de uno de sus representantes en el gabinete, le enmiendan la plana sin el menor pudor. Desde el brazo sindical del oficialismo se lo cuestiona por su visita al portaviones norteamericano, como si la política exterior del país estuviera sometida al escrutinio permanente de las corporaciones ideológicas del Frente Amplio. Orsi dice una cosa; los secretarios de Estado dicen otra. Y el ciudadano, naturalmente, ya no sabe quién gobierna.
La sensación de vacío de poder se profundiza cuando se percibe que el presidente no conduce realmente el timón. Cada vez son más quienes lo ven como parte de un triunvirato en el que otros actores poseen más influencia que el propio jefe de Estado. La imagen presidencial, lejos de consolidarse, se diluye entre internas, contradicciones y mensajes cruzados.
En paralelo, el Ministerio de Economía alimenta la incertidumbre. Mientras asesores oficiales participan en simposios internacionales hablando de eventuales aumentos impositivos, el gobierno intenta luego apagar el incendio con aclaraciones tardías. El ministro Oddone debió salir a decir que sí, efectivamente se estudian nuevos impuestos, aunque no serían para este período. El problema no es solamente tributario; es político. Porque cuando un gobierno transmite que está permanentemente evaluando cómo meter la mano en el bolsillo de la gente, instala desconfianza, temor y rechazo.
Muchos votantes frenteamplistas comienzan a observar con preocupación el avance de un Estado que se comporta como un Leviatán insaciable. Quienes cobran más de una jubilación ya se resignan a pagar más. Otros anticipan nuevos gravámenes bajo cualquier excusa redistributiva. La promesa de “la revolución de las cosas simples” empieza a sonar irónica para miles de ciudadanos cuya única certeza es que vivir cuesta cada vez más.
A todo ello se suma el deterioro cotidiano de la seguridad pública. Montevideo, especialmente, exhibe escenas de abandono difíciles de ignorar. Las calles se han transformado en tierra de nadie; proliferan campamentos improvisados, personas deambulando en estado calamitoso y una creciente sensación de desorden generalizado. Por las noches, la capital parece entregada a la resignación y al miedo. Los homicidios, mientras tanto, se vuelven rutina estadística. El horror pierde capacidad de conmoción cuando se instala como paisaje habitual.
Las encuestas no hacen más que confirmar lo que ya se percibe en la calle. Tanto Equipos Consultores como Factum registran una caída sostenida y pronunciada de la aprobación presidencial. Lo verdaderamente alarmante para el oficialismo no es solamente el rechazo opositor, sino el desgaste dentro de su propio electorado. En menos de un año, Orsi pasó de contar con un respaldo sólido entre votantes frenteamplistas a enfrentar crecientes señales de decepción interna.
Las cifras son elocuentes: la aprobación cayó drásticamente mientras la desaprobación se duplicó. Incluso dirigentes históricos del Frente Amplio reconocen públicamente las “luces amarillas”. Fernando Pereira advierte sobre el malestar de la militancia. Carolina Cosse habla de preocupación. Y hasta voces emblemáticas del oficialismo se ven obligadas a justificar una gestión que la ciudadanía percibe como lenta, errática y desconectada de las urgencias reales.
La ciudadanía esperaba conducción, claridad y firmeza. En cambio, encuentra un gobierno atrapado en sus contradicciones, condicionado por sectores internos y cada vez más distante de las expectativas que él mismo generó. El resultado es un clima de desilusión generalizada que ya no puede ocultarse detrás de slogans ni relatos épicos.
Porque cuando hasta los propios empiezan a perder la fe, la crisis deja de ser coyuntural y se convierte en estructural.