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Durante décadas te mintieron. La propaganda del régimen cubano instaló la idea de que Che Guevara murió combatiendo heroicamente en las montañas de Bolivia, sin rendirse jamás. En los pósters y las camisetas, siempre la misma imagen: un héroe intrépido, invencible, enfrentando la muerte con dignidad. Pero la historia es otra.  El 8 de octubre de 1967, en la quebrada del Yuro, cuando fue rodeado por el ejército boliviano, Che Guevara estaba exhausto, enfermo de asma, hambriento y sin fuerzas. En ese momento, tiró su arma y se entregó. Según testigos, dijo: ¡No disparen, soy Che Guevara y valgo más vivo que muerto! No era el gesto épico que durante años se difundió, sino un intento desesperado por negociar su vida apelando a su valor político.

El hombre que lo capturó, lo interrogó y estuvo presente en sus últimas horas no era estadounidense, sino un cubano exiliado: Félix Rodríguez. Tras la ejecución del Che en la escuela de La Higuera, Rodríguez tomó de su muñeca un reloj Rolex GMT-Master. El símbolo es potente: uno de los mayores íconos del comunismo llevaba un objeto asociado al lujo capitalista. Durante años, ese reloj fue exhibido en Miami como un trofeo de la Guerra Fría.

Sin embargo, existe un detalle poco conocido. Ese día, el Che no llevaba un solo reloj, sino dos. Esto abre una duda incómoda: el reloj que Rodríguez conservó durante décadas podría no ser el que realmente usaba habitualmente. Para entender lo ocurrido, es necesario conocer quién era Félix Rodríguez.

Félix Ismael Rodríguez Mendigutía nació el 31 de mayo de 1941 en La Habana, en el seno de una familia acomodada. Su entorno estaba vinculado al poder político y económico del régimen de Fulgencio Batista. Pero en 1959, con la llegada de Fidel Castro, ese mundo desapareció. Su familia perdió propiedades, y algunos de sus allegados fueron ejecutados.

Tenía apenas 17 años y se encontraba estudiando en Estados Unidos cuando la revolución cambió su vida. A partir de entonces, se convirtió en exiliado. Su enfrentamiento con el nuevo régimen no fue solo ideológico: fue profundamente personal.

Ese contexto explica su posterior relación con la CIA. En septiembre de 1960 se integró a la Brigada 2506, el grupo de exiliados entrenado para invadir Cuba. Formó parte de un equipo de infiltración que ingresó clandestinamente a la isla en febrero de 1961, antes del desembarco principal en Bahía de Cochinos.

La operación terminó en fracaso. Muchos de sus compañeros murieron o fueron capturados. Rodríguez logró escapar refugiándose en una embajada y regresar a Miami. Desde entonces, la CIA le asignó el nombre en clave “Lázaro”.

Lejos de retirarse, continuó participando en operaciones encubiertas. Durante la crisis de los misiles de 1962, infiltró Cuba en varias ocasiones. Incluso fue seleccionado para una misión de alto riesgo: lanzarse en paracaídas cerca de una base de misiles soviéticos. La operación fue cancelada, pero su disposición a asumir ese nivel de peligro muestra el perfil que había desarrollado.

Rodríguez no era un agente convencional. Su motivación no respondía únicamente a la lógica geopolítica de la Guerra Fría. Estaba impulsado por una historia personal marcada por la pérdida, el exilio y la confrontación directa con el régimen cubano.

En ese contexto, el encuentro entre Félix Rodríguez y Ernesto “Che” Guevara en Bolivia no fue un simple episodio militar. Fue el cruce de dos trayectorias opuestas, moldeadas por la misma revolución, pero en lados irreconciliables.

En 1965, el Che desapareció de la vida pública en Cuba para iniciar su proyecto de expansión revolucionaria en el exterior. Ese camino lo llevaría finalmente a Bolivia, donde su destino quedaría sellado. Y allí, en una pequeña escuela rural, terminaría encontrándose cara a cara con Félix Rodríguez.

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