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Los acomodos en los puestos públicos son de conocimiento público y han existido a lo largo de la historia. No se trata de una novedad, forman parte de una cultura política arraigada que atraviesa gobiernos, partidos y niveles del Estado. A lo largo de los años, distintos mecanismos han intentado darle un barniz de transparencia a una práctica que, en el fondo, sigue generando desconfianza y desigualdad entre quienes aspiran a ingresar a la función pública por mérito propio.

Con el objetivo de ordenar y transparentar los ingresos, se optó por la realización de llamados públicos. En algunos casos, estos llamados culminan en sorteos; en otros, implican una serie de etapas evaluadas mediante puntajes. Sobre el papel, el sistema parece justo y objetivo. Sin embargo, en la práctica, muchas veces estos procedimientos terminan siendo cuestionados, ya sea por irregularidades en la evaluación, por criterios poco claros o por la sospecha constante de que los resultados ya estaban definidos de antemano.

El amiguismo político es uno de los puntos más sensibles de esta problemática. No ocurre únicamente en el ámbito estatal, pero es allí donde resulta más grave, ya que se trata de cargos financiados por toda la ciudadanía. Ingresar o no a un puesto público, en demasiadas ocasiones, depende de la afinidad política, de la cercanía con un jerarca o del partido que gobierne en ese momento. Cambia el presidente, cambia el signo político y cambian también las oportunidades para unos y las puertas cerradas para otros.

Este problema no ha pasado desapercibido. En los últimos años se han multiplicado las denuncias sobre irregularidades en concursos, llamados cuestionables y designaciones poco claras. La reiteración de estos casos no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que también desalienta a profesionales capacitados, que ven cómo el esfuerzo, la formación y la experiencia quedan relegados frente a la lógica del favor político.

En el año 2010, el entonces presidente José Mujica afirmó que “el concurso es un instrumento de acomodo”. Sus palabras resonaron porque provenían del propio corazón del sistema. Mujica sostuvo que los concursos para ingresar a los empleos públicos se habían transformado en una herramienta de acomodo y fue más allá al señalar que eran “peores que la designación con el dedo”, porque al menos esta última implicaba que alguien asumiera públicamente la responsabilidad.

Quince años después, el debate sigue vigente. Hace un año, el diputado del Partido Colorado y candidato a la Intendencia de Canelones, Walter Cervini, presentó un proyecto de ley con el objetivo de transparentar la designación de funcionarios en las intendencias. La iniciativa propuso que las designaciones se realicen exclusivamente mediante concurso público y abierto o por sorteo, garantizando procesos claros y accesibles para todos los interesados.

No obstante, incluso estas herramientas requieren controles efectivos y una verdadera voluntad política para funcionar. Los concursos y sorteos, por sí solos, no aseguran transparencia si no están acompañados de criterios claros, tribunales independientes y mecanismos de control ciudadano. De lo contrario, corren el riesgo de repetir viejos vicios bajo nuevas formas.

Un ejemplo reciente que alimenta estas dudas es el caso de ASSE. En los últimos días circularon rumores sobre la suspensión del nombramiento de enfermeros tras detectarse errores en las puntuaciones. Las denuncias por falta de transparencia volvieron a poner en el centro de la escena un problema recurrente, cuando los procesos no son claros ni confiables, cualquier error intencional o no refuerza la percepción de injusticia y favoritismo. Y casos como este se repiten una y otra vez.

El desafío, no es solo crear nuevas normas, sino cambiar una cultura instalada. Transparentar el ingreso a los cargos públicos implica asumir que el Estado debe ser un espacio de igualdad de oportunidades, donde el mérito prime por sobre las lealtades partidarias. Mientras el acomodo siga siendo una práctica tolerada, la confianza ciudadana continuará debilitándose.

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