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Como si se tratase de una cuestión cíclica, las cosas vuelven. Otras no queremos que se vayan y hacemos lo imposible para que se queden, aunque sea un rato; quizá sea una de las razones por las que festejamos la noche de la nostalgia. Vuelven los vinilos, los pantalones Oxford e inclusive las cámaras analógicas. ¿Por qué no los teléfonos tontos?

"Dumbphones" o teléfonos tontos, en contraposición a los inteligentes, son aquellos que se usaban hace unos 15 años y tenían como funciones principales las llamadas, los mensajes de texto, la radio y algún jueguito, nada más. El celular "de tapita" y el "ladrillo" (Nokia 1100), fueron iconos de una época hasta la aparición del iPhone en 2007 y la intensa pero fugaz fama de los BlackBerry.

Son los jóvenes quienes lideran este renacimiento de los teléfonos tontos. Y tiene cierto sentido cuando se indagan las razones. La estimulación constante y los enormes niveles de dopamina que pueden ser alcanzados por el uso de los smartphones, por más placenteros que sean, generan estragos por su artificialidad. Se suma a la ecuación los algoritmos agresivos de las redes sociales que se encargan de mantenernos frente a la pantalla en un estado de alerta, por si algo nuevo aparece, cuando en realidad no pasa nada. Así se genera un desgaste en el que muchos jóvenes quieren dejar el celular por un rato, pero no pueden porque están atrapados.

Los algoritmos son hechos por seres humanos que se han especializado para generar un producto eficiente y exitoso, trayendo consigo cosas positivas pero también negativas, donde entran cuestiones éticas. No poder dejar el celular puede parecer sin sentido para quién no lo padece, dirán que simplemente no hay que utilizarlo, pero todos sabemos, en los hechos, que no es así. No es tan fácil. El trabajo detrás de cada empresa busca que pasemos el máximo tiempo posible con el dispositivo para que pueda haber ganancias por publicidad, por ejemplo. No es culpa de uno ser falible ante las innovaciones de ingenieros, psicólogos y especialistas, que trabajan detrás de estas compañías. No es tu culpa que el scroll sea infinito y no por páginas, no termina nunca; o que los likes de una aplicación no te lleguen en tiempo real sino en tandas para que sientas un golpe de dopamina. ¿Quién no ha caído en ello? ¿Quién no sigue cayendo?

En los Estados Unidos, según estudios de Jonathan Haidt, casi la mitad de los niños tienen un celular inteligente a los 11 años, lo que les da una entrada directa a las redes sociales. La mitad de los adolescentes estadounidenses se sienten adictos a su celular. Diversos estudios arrojan resultados alarmantes en lo que refiere a la salud mental vinculada a la soledad. Paradójico, porque la conexión constante que prometen estos dispositivos termina generando precisamente lo contrario.

No debe sorprender que la llamada Generación Z comience a cansarse de las pantallas. La cuestión está en recuperar autonomía y poder convivir con ellas de una forma sana. De hecho, saca tu teléfono ahora mismo y fíjate tu tiempo en pantalla. Podrás ver el uso que le das y pensar al respecto.

La tecnología ha mejorado increíblemente las facultades humanas a la hora de comunicarnos, trabajar y entretenernos. Junto con la ciencia ha mejorado la calidad y la expectativa de vida. Pero está programada por seres humanos con intereses que no siempre coinciden con los más saludables para el usuario. Vale la pena hacer preguntas necesarias. ¿Hasta dónde queremos que lleguen? ¿Cómo la adecuamos a lo que realmente necesitamos?

El mercado de los smartphones no va a caer y las pantallas seguirán siendo útiles, así como también las funcionalidades de los teléfonos inteligentes. Pero es de notar ese cansancio en algunos jóvenes, así como también adultos, respecto al relacionamiento con estos aparatos. Es cuestión de utilidad, es cuestión de autonomía.

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