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La memoria parece ser un recurso escaso para algunos dirigentes del FA. Después de diez años de gobierno, hoy descubren los problemas de Salto, se muestran preocupados por cada dificultad y se presentan como portavoces de las necesidades de la gente. Pero conviene recordarles que tuvieron una década para hacer aquello que ahora reclaman.

Hay algo que resulta difícil de disimular en la política salteña: la facilidad con la que algunos dirigentes del FA han descubierto, desde la oposición, su preocupación por los problemas que durante diez años no supieron, no pudieron o no quisieron resolver.

Hoy critican el estado de las calles, cuestionan la gestión de los residuos y el vertedero, ponen en tela de juicio la administración de los recursos humanos y la contratación de fundaciones, cuestionan la gestión turística, el funcionamiento del CECOED y reclaman por la falta de empleo. Para ellos, pareciera que ningún problema puede esperar y que cada dificultad constituye una oportunidad para hacer un video, una declaración o una publicación en las redes sociales.

Ahora bien, ¿dónde estaban durante los diez años que tuvieron la responsabilidad de gobernar Salto?

Porque resulta curioso que quienes hoy recorren barrios, conversan con vecinos, se muestran preocupados por las calles y se rasgan las vestiduras ante las dificultades de los trabajadores, no hayan demostrado ese mismo entusiasmo cuando tenían el poder y los recursos para actuar.

¿Dónde estaban esas recorridas barriales? ¿Dónde estaban las propuestas para generar empleo? ¿Dónde estaba esa preocupación permanente por el turismo? ¿Dónde estaban las iniciativas para transformar las dificultades de Salto en oportunidades de desarrollo?

En materia de recursos humanos, ahora parecen descubrir que existen problemas de precarización laboral por la contratación de fundaciones. Sin embargo, durante sus administraciones recurrieron al monotributo como mecanismo de contratación, una modalidad que no garantizaba a los trabajadores los beneficios y las protecciones de una relación laboral dependiente. Antes de dar lecciones, sería saludable hacer un ejercicio de memoria y explicar qué hicieron y qué dejaron de hacer.

En turismo, el balance de aquella década tampoco admite discursos triunfalistas. Salto perdió oportunidades, acumuló problemas de infraestructura y careció de una estrategia capaz de atraer inversiones y recursos del Gobierno nacional para impulsar proyectos de desarrollo. No alcanza con hablar de potencial turístico cuando no se tiene la capacidad de convertirlo en políticas concretas, inversiones y fuentes de trabajo.

Y cuando llega una emergencia, aparecen las cámaras, los discursos y hasta la motosierra después de un temporal, como si una video trabajando entre ramas y árboles caídos pudiera sustituir una política de prevención, planificación y respuesta. La solidaridad con los vecinos es necesaria y siempre bienvenida, pero no debería convertirse en una puesta en escena para obtener rédito político.

Si durante aquellos diez años hubieran recorrido los barrios con la mitad de la preocupación que exhiben hoy, si hubieran destinado al turismo una mínima parte de la energía que ahora emplean para cuestionarlo, si hubieran trabajado con verdadera determinación para generar empleo y si hubieran enfrentado los problemas estructurales de la ciudad y del departamento, probablemente Salto no habría llegado al estado de deterioro que encontró la actual administración.

La oposición es legítima y necesaria. Un gobierno debe ser controlado, cuestionado y, cuando corresponde, corregido. Pero controlar no significa obstaculizar, ni ejercer oposición consiste en oponerse sistemáticamente a cada decisión. Mucho menos cuando no se presentan alternativas serias, viables y responsables para mejorar aquello que se critica.

El FA tuvo diez años para demostrar su capacidad de gestión. Hoy tiene la oportunidad de demostrar su responsabilidad como oposición. Lamentablemente, algunos parecen haber elegido el camino más fácil: la denuncia permanente, la demagogia y la politiquería barata.

Mientras tanto, Salto necesita soluciones, no actuaciones. Necesita propuestas, trabajo y compromiso, no dirigentes que pretendan descubrir los problemas cada vez que encuentran una cámara delante.

Salto empieza a levantarse. Queda muchísimo por hacer, y nadie puede desconocer las dificultades que todavía existen. Pero hay una diferencia fundamental entre administrar una crisis heredada y haber contribuido a profundizarla durante una década.

No vamos a permitir que la politiquería vuelva a imponerse sobre las necesidades de nuestra gente. Seguiremos trabajando, controlando y exigiendo resultados, porque nuestro compromiso es con Salto y con los salteños.

Salto merece recuperar su futuro. Y para eso necesita menos politiquería, menos demagogia y mucha más responsabilidad política.

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