La sombra de ASDEMIA
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Por Pedro Rodríguez
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En cada ciudad hay historias que no salen en los diarios, pero que todos conocen. Son esas que se cuentan entre mate y mate, con un “vos sabés lo que me pasó una vez…” y terminan con todos mirando para los costados. En Salto, una de esas historias vive en un lugar donde se mezclan los acordes, las reuniones y, dicen, las almas viejas: Asdemya. El protagonista de este cuento real es un salteño muy vinculado a la música y a la institución, un tipo tranquilo, de esos que no creen en fantasmas… hasta que uno les toca el hombro.
“Después se acostumbraron —cuenta entre risas—, después se acostumbraron y ya no le daban pa’l bolo. A mí nunca me molestaron, porque yo iba colocando luces en el sótano, de a poco, y nunca pasó nada raro.”
Claro, lo dice con naturalidad, pero el local de Asdemya tiene su historia. Mientras algunos ensayaban y otros tomaban decisiones en la comisión directiva, una sombra pasaba como si nada. Pensaron que era un músico atrasado, de esos que siempre llegan cuando el ensayo terminó. Uno se levantó, la siguió por el pasillo y revisó toda la casa. Nada. Nadie. Solo el silencio y esa sensación de que “acá hay algo”.
Otro día, un albañil estaba colocando el piso. Sintió que le apoyaban las manos en los hombros. Pensó que era un compañero y dijo: “dejate de molestar, che”. A los dos minutos, sintió el mismo toque, más fuerte. Se dio vuelta... y no había nadie. Ahí no hubo análisis: guardó las herramientas, levantó polvo y se fue a la mierda. Nunca más volvió, ni para cobrar el jornal.
Y como si todo esto fuera poco, viene la historia más linda: un 24 de agosto, se preparaban para la Noche de la Nostalgia. Varias orquestas, luces, entradas vendidas... o al menos eso creían. Cuando llegó la tarde, no habían vendido ni una. La comisión se reunió en la entrada, frente a la puerta de vidrio, y dijeron resignados: “Bueno, lo suspendemos.” Y justo ahí, se escucharon aplausos desde adentro. Fuerte. Clarito.
Como diciendo: “¡Bien ahí, muchachos, así se hace! ¡Dejen dormir a los finados!” Entraron, revisaron… y otra vez, nadie. No hubo música, pero los fantasmas se llevaron la noche.
Claro, uno puede reírse —y hay que hacerlo—, pero los datos históricos acompañan la leyenda. Según cuentan los más viejos, esa zona fue parte del antiguo cementerio de Salto, que se extendía desde calle Uruguay hasta Zorrilla, bajando por Brasil y Viera, y doblando por 19 de Abril hasta Amorín. Así que si en Asdemya a veces suena un acorde cuando no hay nadie tocando, o se escucha un aplauso fuera de horario, puede que no sea el eco... puede que sea el “público eterno” que no se quiere perder la función.
Yo no sé si estas cosas son verdad o leyenda, pero sí sé que cada ciudad tiene sus misterios, y Salto tiene varios con entrada libre y sin costo.
Y si hay que convivir con fantasmas, mejor que sean educados, musicales y con buen gusto para las fechas.
Al fin y al cabo, hay lugares donde el pasado se niega a irse del todo. Y si alguna noche sentís un aplauso solitario o una sombra cruzando el pasillo, no te preocupes… quizás solo estén pidiendo otra canción.