Nos marcan la agenda mientras se nos cae el barrio
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Por Pedro Rodríguez
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Entre grandes titulares y problemas olvidados, una charla de vereduleria que deja más preguntas que respuestas. Los grandes medios siguen marcando de qué hablamos todos los días. Prendés la radio, abrís el celular o mirás la tele y parece que hay un solo tema importante. Esta semana, otra vez, todo gira alrededor de lo mismo: el caso Astillero Cardama, los barcos, los millones, las decisiones del Estado. Y sí, claro que importa. Todo lo que hace el gobierno, para bien o para mal, termina impactando en el bolsillo de la gente.
Pero también pasa algo: entramos en esa “manija” informativa sin darnos cuenta. Repetimos lo que escuchamos, discutimos lo que nos tiran arriba de la mesa, y mientras tanto, dejamos de mirar lo que tenemos más cerca.
Hace unos días, en la verdulería del barrio, me encontré con un vecino de toda la vida. De esos que te saludan por el nombre y saben más de tu historia que cualquier red social. ¿Viste lo de Cardama? me tiró, casi sin saludar. ¡Qué barbaridad la plata que se va! Le dije que sí, que algo había visto, que era un tema importante. Pero también le pregunté: Decime una cosa… ¿te acordás de la laguna que cruzaba los campos del abasto? El tipo me miró, se quedó pensando unos segundos y sonrió. ¡Cómo no me voy a acordar! Íbamos a pescar, a bañarnos… hasta mi vieja lavaba ropa ahí. Y ahí nomás le cambié el eje. ¿Y sabés qué pasó con esa laguna? Se hizo un silencio corto, de esos medio incómodos. Y… desapareció —me dijo. No desapareció le respondí. La matamos. Le tiraron las cloacas del barrio Uruguay arriba. Hoy es un foco de contaminación.
Ahí la charla cambió. Ya no hablábamos de barcos ni de millones. Hablábamos de nosotros. Porque mientras discutimos lo que pasa lejos, dejamos pasar lo que tenemos al lado. El vecino se acordó enseguida del viejo basurero. ¿Te acordás cuando caía el sol y arrancaba esa humareda? me dijo. Y sí, cómo no acordarse. También salió el tema de la incineradora de residuos hospitalarios. Años de humo, de olor, de dudas. En esos casos, hubo movilización de vecinos. Se peleó, se insistió, y se lograron cerrar. Pero el daño quedó. La tierra sigue ahí, contaminada. Entonces volvimos al principio. ¿Y te parece que lo único de lo que tenemos que hablar es de Cardama? le dije. No es que no importe. Importa, y mucho. Pero no puede ser lo único. No puede tapar todo lo demás. Si cada uno mirara su entorno, si cada barrio defendiera lo suyo, otro sería el país. Pero es más fácil discutir lo que pasa lejos que hacerse cargo de lo que pasa cerca.
La charla siguió.¿Te acordás eso de que pague más el que tiene más? le pregunté. Sí, claro, me dijo. Pero yo cada vez estoy peor. El alquiler me mató. Y ahí está el punto. Entonces pensá, le dije. Si al dueño de la casa le suben los costos, ¿qué hace? Te los pasa a vos. Al final, termina pagando más el que menos tiene. El vecino se quedó callado. No porque no entendiera, sino porque empezó a ver el tema desde otro lado.
Antes de irse, me tiró otra: ¿Y la jubilación qué? Le dije que eso daba para otra charla larga. Que se habla mucho de cambios grandes, de reformas, de “mover las raíces”. Pero a veces parece que las únicas raíces que se mueven son las de los grandes negocios, mientras el resto sigue esperando.
Nos despedimos como siempre, con un “vamo’ arriba”. Pero la sensación quedó. No se trata de dejar de mirar lo nacional. Se trata de no olvidar lo cercano. De no dejar que nos marquen la agenda todo el tiempo. Porque mientras discutimos lo que otros instalan, los problemas reales siguen ahí, esperando que alguien les preste atención.