Una costumbre que no debería perderse: el respeto cotidiano
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Por Leonardo Vinci
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En toda sociedad civilizada hay gestos pequeños que sostienen la convivencia. No están escritos en leyes ni reglamentos, pero forman parte de un pacto silencioso entre las personas: el respeto, la consideración por el otro y los buenos modales. Cuando esos códigos se debilitan, la vida en común también pierde algo de su calidad humana.
Hace pocos días, en la entrada de unas oficinas públicas, se produjo una escena que invita a reflexionar sobre estas conductas cotidianas. Un hombre de aproximadamente 70 años subía con calma las escaleras para ingresar al local. Detrás de él caminaba una mujer de unos 35 años que se dirigía al mismo lugar. Sin embargo, en lugar de esperar o ceder el paso, la mujer apuró el ritmo para adelantarse e ingresar antes que el caballero. Una vez dentro, tomó uno de los números para ser atendida. Pero lejos de mirar al hombre mayor o de ofrecerle ese lugar en la fila —considerando además que las personas de edad avanzada suelen tener prioridad en este tipo de servicios— simplemente siguió su camino y se apresuró a ocupar uno de los asientos disponibles. No fue un hecho grave ni escandaloso. Pero precisamente allí reside su importancia: en esos gestos pequeños se refleja el clima moral de una comunidad. La escena dejó una sensación incómoda, como si se hubiese quebrado una regla no escrita de cortesía elemental.
Tal vez alguien debió decirle algo a la mujer. No con agresividad, sino con la firmeza que también forma parte de la educación: hacer notar que su actitud no era la más adecuada para con una persona mayor. Porque la buena convivencia no solo se construye con normas, sino también con la corrección social que surge cuando alguien recuerda —con respeto— cuáles son los comportamientos esperables.
Quienes tienen algunos años más recuerdan otras escenas de la vida cotidiana. Al caer la tarde, era habitual ver a las familias pasear por la calle Uruguay, recorriendo las veredas y deteniéndose frente a las vidrieras iluminadas. Era un ritual sencillo de la vida urbana.
También había gestos que hoy parecen pertenecer a otro tiempo. Los hombres saludaban quitándose el sombrero, un gesto que simbolizaba respeto y reconocimiento hacia el otro. No era una formalidad vacía, sino una señal visible de cortesía social.
En los ómnibus de Montevideo ocurría algo similar. Cuando subía una mujer o una persona mayor, muchos hombres se levantaban de inmediato para ceder su asiento. No era una obligación impuesta; era una reacción casi automática, aprendida en la casa, en la escuela y en la observación de los adultos.
Esos comportamientos formaban parte de una cultura cívica que enseñaba que vivir en sociedad implica también pensar en los demás.
Hoy, en cambio, pareciera que la prisa, el individualismo o la idea de “no perder lugar” se imponen sobre esos gestos de consideración. A veces se confunde la viveza con la falta de educación, como si adelantarse, aprovecharse o mirar para otro lado fuera señal de inteligencia.
Pero las sociedades no se fortalecen con “avivadas”. Se fortalecen con respeto.
Los buenos modales no son una cuestión de nostalgia ni de formalismo antiguo. Son herramientas básicas para convivir mejor. Saludar, esperar el turno, ceder el paso o el asiento, ayudar a quien lo necesita: son pequeñas acciones que construyen un clima de respeto mutuo.
Quizás la pregunta no sea solamente qué ha pasado para que esas costumbres se hayan debilitado, sino también qué podemos hacer para recuperarlas. La educación —en el hogar, en la escuela y en la vida pública— sigue siendo el camino más seguro.
Porque una sociedad que pierde la cortesía cotidiana corre el riesgo de perder algo más profundo: la capacidad de reconocerse en el otro.
Y, al fin y al cabo, el respeto es la base invisible sobre la que se sostiene toda convivencia.