Revólver en el cajón
- Por Facundo Esteche, edil Partido Colorado
El 5 de marzo de 1985, Enrique Tarigo tomó la presidencia del Senado y pronunció un discurso que no tenía nada de protocolar. Dijo, sin rodeos, que si la prepotencia de la fuerza volvía a disolver el Parlamento, no saldría del recinto sino muerto. Y que la última bala la reservaba para sí mismo. No era metáfora. Ese mismo día guardó un revólver y una cajita de balas en el cajón del escritorio vicepresidencial.
Tarigo sabía mejor que nadie, a la luz de Baltasar Brum, que esas cosas no están para decirse, sino para hacerse. Pero entendió que la coyuntura de 1985 (doce años de dictadura recién terminados, democracia frágil, instituciones que debían reconstituirse desde cero) justificaba también decirlas. Y las dijo, con nombre, apellido y número de balas.
Lo que más impresiona, mirando aquel discurso hoy, no es el gesto en sí. Es la claridad conceptual. Tarigo no iba a defender cualquier democracia. No iba a morir por una "democracia diferente" ni por una "democracia popular" ni por esa contradicción en sus términos que algunos llaman "democracia autoritaria". Iba a defender la democracia liberal. La que reconoce la pluralidad, garantiza la disidencia y no confunde la mayoría con la unanimidad.
Nada que ver con ciertos "liberales" de redes sociales que miden todo con un tibiómetro, catalogan al que piensa distinto, piden escarnio público y terminan siendo (con una ironía que no los alcanza) exactamente lo que acusan a los demás de ser. Juegan a costo cero en las redes y después chocan con el muro de la vida diaria, cara a cara.
Por otro lado, el problema no son solo dos polos. Hay grises, muchos, y en ellos viven también los que cancelan por oficio, convencidos de que la historia tiene un único sentido y que ellos, casualmente, marchan en él. Atrincherados en utopías que ningún siglo pudo sostener y en dogmas que no admiten revisión, confunden la indignación con el argumento y la censura con la justicia. Manejan la política de la indignación, siempre ofendidos por algo y a puro comunicado fechado y sellado. Entienden que disentir no es un derecho sino una traición. Tarigo hubiera reconocido el patrón de manual… unanimidad con otro nombre.
Llevamos 41 años ininterrumpidos de democracia en Uruguay. Es la convicción acumulada de generaciones que entendieron, muchas veces a las malas, lo que se pierde cuando cae el sistema institucional. Tarigo fue parte de una generación que aprendió la lección y la transmitió.
Hoy el problema con la estabilidad es que adormece. Nos acostumbramos a aparecer bien rankeados en los índices internacionales, a que nos citen como ejemplo, y empezamos a creer que eso es un estado permanente y no un resultado que se renueva todos los días. Los números pueden bajar de un plumazo. Sin aviso.
Tampoco ayuda lo que entra por el Puerto de Montevideo en forma de modelos políticos. El espectáculo argentino —esa guerra civil, ayer intelectual, hoy algorítmica y banal, donde ya no se debate sino que se aplasta, donde todo adversario es un traidor y toda disidencia es una traición— es un manual de lo que no hay que importar. Jorge Batlle lo vio venir y lo dijo, aunque Bloomberg lo filmara cobardemente off the récord: los argentinos no se escuchan entre sí. Nosotros a veces tampoco, por más que queramos mantener la creencia de que somos distintos.
La democracia no se defiende únicamente cuando está en peligro. Como la salud, desearla en el momento de la enfermedad ya es tarde. Hay que cuidarla en los momentos tranquilos, observar las acciones y los dichos de partidos, gobiernos y dirigentes. Sin crear fantasmas, pero sin bajar la guardia.
Tarigo cumplió con lo que prometió. El revólver, felizmente, quedó en el cajón. Nos toca a nosotros transmitir el valor de la democracia y mejorarla a los requerimientos de estas nuevas épocas para que no siga decayendo.