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Hay noticias que golpean fuerte. Noticias que llegan y dejan un silencio difícil de explicar. El pasado miércoles, muchos sentimos tristeza al enterarnos de la partida de Enrique Daniel Galliazzi, el querido “Quique”. Un vecino y empresario  de Salto muy conocido, de esos hombres sencillos pero importantes, que dejan recuerdos en cada charla y enseñanzas en cada consejo.

Quique era una persona muy especial. De carácter firme, frontal, trabajador y con una enorme experiencia de vida. Lo conocí ya siendo una persona mayor, por una cuestión generacional. Una vez por mes iba a visitarlo y hablábamos durante horas. Conversábamos sobre política, sobre el departamento, sobre el programa de radio y también sobre la vida misma. Siempre tenía algo para enseñar. Escucharlo era aprender.

Su vida estuvo muy ligada al trabajo, especialmente al campo, al ganado y a la carne. Ahí hizo gran parte de su camino, construyó su historia y también formó su familia. Era un hombre orgulloso de lo que había logrado con esfuerzo, sacrificio y trabajo diario.

Quique tenía frases simples, pero llenas de sabiduría popular. Frases que quedaban marcadas. Una vez me dijo algo que nunca olvidé: “Pedro, nunca andes mal. Nunca digas que estás mal. Si andás mal, decí que estás bien, porque el que te quiere se va a poner contento y el que no te quiere se va a enojar”. Era así. Hablaba sencillo, sin vueltas, pero siempre dejaba un mensaje profundo. Tenía esa forma tan de barrio, tan auténtica, de enseñar sin querer aparentar nada.

Galliazzi tenía sus ideas políticas muy claras y defendía lo que pensaba. Pero también era muy crítico, incluso con quienes estaban de su mismo lado político. No era de quedarse callado para quedar bien con alguien. Decía lo que sentía, aunque molestara. Conocía Salto como pocos. Sabía de las necesidades de los barrios, de la realidad de la gente y de los problemas del departamento. Pero además de criticar, proponía. Siempre pensaba cómo podían hacerse mejor las cosas.

Hace algunos días había estado internado por problemas de salud. Sin embargo, fiel a su personalidad, pidió para volver a su casa. Quería estar en su lugar, rodeado de sus afectos, en su ambiente y con su gente. Y así fue.

Siempre estuvo acompañado por su compañera y  sus hijos, que estuvieron cerca en todo momento, brindándole cariño y contención. También estuvo muy presente alguien a quien él llamaba con afecto “mi pariente”: el doctor Javier Panizza, quien lo controlaba permanentemente en su domicilio y estuvo atento a su salud hasta el último día.

Si había un lugar que Quique quería profundamente era Barrio Artigas. Ahí comenzó gran parte de su historia de trabajo junto a su padre y su hermano. Ahí conoció amigos, vecinos y compañeros de toda la vida. Ahí también formó gran parte de su vida. Por eso se emocionaba tanto cuando hablaba del barrio. Recordaba las calles, la gente sencilla, las costumbres de antes y aquellos tiempos donde la palabra valía más que cualquier papel.

Y quizás también había una conexión especial porque yo también provengo de barrio, especialmente de Barrio Artigas. Le gustaba recordar anécdotas, hablar de la gente común y de esas historias simples que muchas veces son las más valiosas. Galliazzi era un hombre correcto. Para él, la palabra era sagrada. Lo que prometía, lo cumplía. Y eso hoy tiene un valor enorme. La última vez que hablamos, luego de salir de la internación, me dijo con tranquilidad: “Necesitaba un poco de sodio, ahora ya estoy bien”. Así era él. Fuerte, sencillo y sin dramatizar.

Hoy queda el dolor de su partida, pero también quedan sus enseñanzas. Porque hay personas que dejan mucho más que bienes materiales. Dejan consejos, ejemplos y formas de vivir. Desde este lugar queremos enviar un fuerte abrazo y nuestro más sentido pésame a sus hijos, nietos, familiares y amigos, que hoy atraviesan un momento muy difícil.

Que descanses en paz, señor Enrique Galliazzi. Que descanses en paz, querido Quique.

La vida pasa rápido y muchas veces uno recién comprende el valor de ciertas personas cuando ya no están. Personas como Daniel Erique Galliazzi  dejan algo que no se compra ni se aprende en ningún libro: la experiencia de vida, la honestidad y el valor de la palabra.

Como dice la Biblia: “El hombre bueno deja huellas de bendición”. Y seguramente eso sea lo que deja Quique en cada persona que tuvo la suerte de conocerlo.

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