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En el aniversario 190 del Partido Nacional habló el ex presidente lo que era muy esperado pues no está saliendo con facilidad a la palestra. Se cuida y sabe lo que despierta en propios y extraños, situación que realza las apariciones. Además hoy es la gran esperanza de toda la oposición de poder dar el paso para sacar en 2029 al Frente Amplio del poder.

Tras varios meses alejado de la exposición pública, el expresidente Luis Lacalle Pou volvió a participar de un acto político, como el principal orador en la celebración de los 190 años del Partido Nacional, realizada en la Plaza Matriz de Montevideo.  Al empezar su oratoria, los asistentes al acto cantaron “vamos a volver”. Además, en varios pasajes del discurso, los presentes vitorearon a Lacalle Pou al grito de “Presidente”. 

Presentándose como un “viejo militante”, en lo primeros minutos de su oratoria el ex mandatario hizo un balance de su gestión y afirmó sentirse “satisfecho” pero no “conforme”. “Les cuento que estoy tranquilo. Estoy satisfecho, no estoy conforme. Tuvimos aciertos y como toda obra humana, tuve errores, pero siempre el fin último fue el bienestar de todos y cada uno de nuestros compatriotas”. 

Más adelante, reivindicó la política que, enfatizó, debe ser honorable. Por un lado, planteó que la política debe responder con mayor rapidez a las necesidades de la población. En ese sentido, llamó a “abrazar” la inteligencia artificial “como una manera de acelerar la política, y que los problemas se resuelvan antes”.

Por otra parte, se refirió al tono con que se debe debatir.  “Mi preocupación es que a veces cuando abarcamos algunos temas de alguna manera uno ve que se empieza a ir la discusión y ya no es en la situación de ese oriental, de ese uruguayo, de ese que eligió nuestro país, sino que es un enfrascamiento entre los partidos o los políticos. Y flaco favor le hacemos a la política si termina siendo un concurso de egos, el insulto o el agravio. Si no podemos resolver las cosas de la gente, por lo menos tengámosle respeto”. El ex mandatario también puso énfasis en la necesidad de alcanzar acuerdos y gobernar desde la unidad. Enfatizó que “todos los días en otros lugares del mundo” se ve a “presidentes que insultan, agravian y descalifican, cuando tendrían que ser los padres de una gran familia”, aseguró. Esta parte del discurso de Lacalle es clave pues no solo le habló a los blancos, le habló a los colorados, a los independientes (de Mieres) y a todos los que quieren reinvindicar la política, es como si les dijera "miren que yo no me bajo al barro, miren que no soy Milei, miren que acá pueden venir cuando quieran pues el respeto y las formas están aseguradas", le habló al uruguayo medio, no el fanático, el que siente orgullo de que su país sea ejemplo de República.

Cerca del final de su mensaje, Lacalle Pou sostuvo que su gobierno tuvo un fuerte tinte “humanista”. Lo dijo cuando volvió sobre su concepto de la libertad, que, aclaró, no es rígido.  “Me he vuelto con el tiempo cada vez menos ortodoxo. Que no quiere decir que mis valores y principios los ande cambiando según conveniencia, pero en la práctica soy cada vez menos ortodoxo. Porque qué lindo ser ortodoxo y hablar de libertad cuando alguien no tiene laburo, no tiene casa, no tiene salud y no puede criar a sus hijos.”  Así apuntó: “justicia es tratar desigual a los desiguales”.

Al final, el ex presidente reflexionó sobre la diferencia entre poder y autoridad, a partir de un proceso de introspección que, según relató, inició antes de terminar su mandato. Señaló que el poder surge formalmente del voto, mientras que la autoridad se construye a partir de vínculos intelectuales, morales y afectivos.  Afirmando: “No se puede ejercer bien el poder si antes no se tiene autoridad”, mensaje para la Torre Ejecutiva, al final.

 

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