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Durante muchos años, hablar de salud mental en Uruguay significó concentrar la atención casi exclusivamente en el diagnóstico y el tratamiento de los trastornos psiquiátricos. Afortunadamente, esa mirada ha comenzado a evolucionar. Hoy comprendemos que la salud mental no es solamente la ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar que involucra las dimensiones biológica, psicológica, social y, para muchas personas, también la espiritual.

La Ley Nº 19.529 de Salud Mental marcó un cambio de paradigma al concebir la salud mental como un proceso dinámico, influido por factores biológicos, psicológicos, sociales, culturales e históricos. Esa visión integral abrió la puerta para incorporar nuevas herramientas de promoción y prevención, centradas en la persona y en su comunidad.

Los desafíos, sin embargo, siguen siendo enormes. Uruguay continúa registrando una de las tasas de suicidio más elevadas del continente. Detrás de cada cifra hay una vida perdida, una familia atravesada por el dolor y una comunidad que se pregunta qué pudo haberse hecho para evitar ese desenlace. La prevención del suicidio exige fortalecer la atención sanitaria, ampliar el acceso a profesionales de la salud mental y actuar tempranamente sobre los factores de riesgo. Pero también requiere potenciar los factores protectores.

En ese sentido, merece ser destacado el trabajo que viene desarrollando el Plan Nacional de Salud Mental y Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud Pública, junto con el compromiso de distintos organismos del Estado, entre ellos el Ministerio del Interior, que ha impulsado programas específicos para el cuidado de la salud mental de su personal y la prevención del suicidio, un tema particularmente sensible en las fuerzas policiales. Reconocer que la salud mental también debe ser protegida dentro de las instituciones públicas constituye un avance significativo.

En Salto, el Plan Departamental de Salud Mental da un paso adicional que merece especial reconocimiento. Su propuesta incorpora expresamente la espiritualidad como un factor protector de la salud mental, entendiéndola como un recurso capaz de favorecer el sentido de vida, la esperanza, la resiliencia, la construcción de vínculos solidarios y el afrontamiento de las crisis.

Es importante precisar que hablar de espiritualidad no significa promover una religión determinada ni sustituir el conocimiento científico. La espiritualidad es un concepto mucho más amplio. Comprende la búsqueda de sentido, los valores, la trascendencia, la solidaridad y aquellas convicciones que ayudan a las personas a enfrentar el sufrimiento y la adversidad. La propia propuesta departamental plantea un enfoque plural, inclusivo y respetuoso de todas las creencias y cosmovisiones presentes en la comunidad.

Quizás allí radique el aspecto más trascendente de esta iniciativa. En un país cuya tradición de laicidad ha sido, muchas veces, interpretada como una estricta separación entre el Estado y cualquier manifestación espiritual, resulta verdaderamente histórico que un programa público reconozca, desde una perspectiva técnica y basada en derechos humanos, que la espiritualidad puede constituir un determinante protector de la salud mental.

Lejos de vulnerar la laicidad, esta visión la fortalece. Un Estado laico no niega la dimensión espiritual de las personas; por el contrario, la respeta, garantiza la libertad de conciencia y reconoce la diversidad de formas en que cada individuo construye sentido para su vida.

La evidencia científica internacional ha demostrado que factores como la esperanza, el apoyo comunitario, los vínculos sociales sólidos, el propósito de vida y la participación en comunidades de pertenencia contribuyen positivamente al bienestar emocional y fortalecen la capacidad de afrontar situaciones críticas. Integrar estos elementos a las políticas públicas no implica reemplazar la asistencia médica o psicológica, sino complementarla desde una mirada verdaderamente integral.

La salud mental representa uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Si aspiramos a prevenir el sufrimiento, reducir el suicidio y construir comunidades más resilientes, debemos tener la madurez de incorporar todas aquellas herramientas que, con fundamento técnico y respeto por los derechos humanos, contribuyan al bienestar de las personas. Que la espiritualidad haya comenzado a ocupar ese lugar en las políticas públicas uruguayas constituye, sin dudas, un paso histórico que merece ser valorado en toda su dimensión.

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