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Con la información reservada en su poder, Jaque procedió a revelarles a los lectores que se había cometido un crimen. En efecto, tituló su tapa con una frase del sacerdote que había encabezado la ceremonia fúnebre: «Oremos por Vladimir Roslik que murió asesinado». No es exagerado afirmar que, en plena dictadura, el país se sacudió. El caso se aclaró cuando el semanario obtuvo, desde adentro de las oficinas militares, las pericias forenses, y publicó lo que decía tanto la segunda autopsia, que revelaba la verdad, como el dictamen de los catedráticos forenses, que lo confirmaba. Ya no había dudas de que se trataba de un asesinato.

Horas después de que Jaque publicó esta información, el gobierno dictatorial reconoció la muerte del doctor Roslik mediante lo que llamó «apremios». Y, luego, procedió a sancionar livianamente a los responsables. Fueron detenidos y procesados el teniente coronel Mario Olivera y el mayor Sergio Caubarrere. Se le imputó a uno «homicidio ultaintencional» y al otro «irregularidades en el servicio». Según la Justicia Militar, a Roslik lo mataron sin querer, en suma, sin tener intención, de modo «ultraintencional».

La idea de que el asesinato de Roslik correspondió a una acción de la línea dura de las Fuerzas Armadas —el ala continuista, la que quería prolongar la dictadura— la reafirma en este libro tanto el doctor Julio María Sanguinetti, protagonista entonces de las negociaciones con los militares que darían lugar al Pacto del Club Naval, como el entonces director de Jaque, Manuel Flores Silva. También en este libro se revela por vez primera cómo el equipo del semanario obtuvo los textos de las pericias forenses y las autopsias.

En estos meses de entrevistas y charlas con actores principales y secundarios del caso, y de la investigación periodística, pude ver un mundo que era totalmente invisible a mis ojos, como probablemente le ocurra a mucho de los lectores de este libro. Pude lograr que salieran pequeñas cosas a la luz, detalles, anécdotas que hasta ahora desconocíamos. De esos asuntos que fui descubriendo, uno de que más me impactó fue que hubiera fotos a color de la autopsia de Vladimir. Nunca las pude ver, pero me consta que todavía existen.

El impacto que tuvo la publicación del texto de la segunda autopsia en Jaque diluyó la importancia del fallo concluyente que pocos días después dieron los doctores Mautone y Soiza. Fallo cuyos detalles ahora revelo, a través de entrevistas al propio Soiza y a María del Rosario Betancourt, hija del juez militar que encargó dicho informe para comparar las autopsias contradictorias y que, por eso, fue amenazado de muerte por integrantes de las Fuerzas Armadas.

Las anécdotas de los diferentes episodios que protagonizaron Alejandro Bluth, Juan Miguel Petit y Manolo Flores Silva en este caso son dignas de una película. La narrativa de la investigación que hicieron es un filme en sí mismo, con detalles que solo ellos saben y que estuvieron guardados en sus memorias por 38 años.

Este libro recaba, con fidelidad, los hechos desconocidos de lo que realmente pasó en esos tiempos difíciles de 1984. Contiene entrevistas a actores principales del caso, como, además de los ya mencionados, Mary Zabalkin, la viuda de Roslik, y los periodistas de Jaque que desarrollaron la investigación. También entrevisté a mi padre, José Santín, a través del cual entendí, siendo adolescente, esta historia —somos una familia de Young, ciudad muy cercana a San Javier.

Por último, me quiero referir a que todo esto se lo debo a «Manolo» Flores Silva. Sin querer, él fue el artífice de que comenzara mi libro: él fue el creador del semanario Jaque, el cual llegaba por medio de los ómnibus de ONDA a Young, y yo era el canillita adolescente que me encargaba de repartirlos, cobrarlos y depositar el dinero de su venta; y ya de paso, los leía en casa antes de entregarlos.

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