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Andrade nació en Salto en 1901, en el barrio “La Cachimba”. Fue la primera super estrella del fútbol mundial y el jugador más admirado por el público en el equipo uruguayo que asombró en Colombes 1924. Tricampeón mundial con la Celeste. La maravilla negra se convirtió en indiscutible rey de París, que en aquellos años era prácticamente la capital del mundo.

Una crónica publicada tiempo atrás por el matutino “El País” daba cuenta que “En la cancha se consagró como un half, sobre todo por la derecha, elegante, firme para defender y hábil para atacar, cuando esto no era un cometido habitual para su puesto. Tenía una especialidad: una especie de tijera de gran plasticidad para despejar la pelota al ras del suelo y con gran limpieza. De esa forma evitó un gol de Italia casi sobre la línea de gol en la semifinal de Amsterdam. Fue tan extrema su acción que la información que llegaba por telégrafo desde Holanda llegó a cantar el gol. Todo eso lo convirtió en un divo, acentuando una difícil personalidad, entre la arrogancia y la desidia, aunque al mismo tiempo no olvidaba sus raíces: era tradicional que saliera con su tamboril en cada carnaval.”

“Andrade, el rey negro de París”

Ganó el oro en París en 1924 con la selección uruguaya. 4 años después se consagraba nuevamente campeón olímpico y en 1930 integró el equipo celeste campeón del mundo. Según el matutino capitalino, el periodista Franklin Morales investigó su vida para escribir el libro “Andrade, el rey negro de París”. Y uno de sus hallazgos, resultó muy sorprendente: su padre afirmó tener 97 años de edad cuando lo anotó, en 1901 en Salto.

En Europa nunca habían visto a un futbolista negro

José Ignacio Andrade se declaraba brasileño, aunque todo hacía indicar que había nacido en algún punto del África, desde donde llegó a América como esclavo a comienzos del siglo XIX. Además, era “experto” en hechizos. Los Andrade crecieron en el Barrio Sur montevideano, cuando todavía estaba encerrado por el murallón junto al río. José comenzó a jugar en un baldío junto al Cementerio Central. En 1918 se incorporó a Peñarol. Un día se enojó y se fue, afirmando que nunca volvería. Y llegó al seleccionado cuando en 1923 los dirigentes buscaron su renovación observando jugadores en los campitos. Europa lo conoció con los Juegos de París. Allá nunca habían visto a un futbolista negro. Además de su piel, llamó la atención por su estilo en la cancha, con una zancada que no era veloz pero sí elástica. Solía “dormir” la pelota en la frente, lo cual originaba instantes de expectativa en compañeros, rivales y público, para después salir jugando con distinción. Uruguay ganó la medalla de oro en campaña espectacular, convirtiendo al torneo de fútbol en la gran atracción de los Juegos.

Le diagnosticaron sífilis

Cuando por fin la delegación regresó a Montevideo, los homenajes fueron múltiples. Se incorporó a Nacional para la famosa gira por Europa de 1925. Cuando estaban en Bruselas se sintió mal y fue internado. Allí le diagnosticaron la sífilis, que no le impidió seguir jugando en gran nivel pero cuyos terribles efectos comenzarían a verse con los años. Cuando el seleccionado se preparaba para los Juegos de Amsterdam, se plantó y anunció que no iba, a la espera de quién sabe qué retribución. Fue designado en su lugar Eduardo Martínez, de Central. Tras la partida de la delegación, Andrade cambió de idea y viajó en otro buque. Por supuesto, fue el titular.

Repartidor de diarios...

Cinco años después del título mundial de 1930, como su situación económica era muy precaria le hicieron un partido a beneficio. Asistieron apenas 800 personas y la recaudación fue ínfima. Le consiguieron un reparto de diarios, lo que hacía de mala gana.

Limpiador de UTE

En 1939 obtuvo un puesto de limpiador-vigilante en la UTE. En 1950 lo ascendieron a portero, aunque solía pasar más tiempo en los boliches que en su trabajo. A eso se sumaron los problemas de salud cada vez más graves.

Falleció en el Asilo

Poco tiempo después falleció en el asilo Piñeiro del Campo, donde vivía desde hacía tiempo. El vecindario de “La Cachimba”- a instancias del conocido “garrapiñero” Carlos Alberto Martínez- se apresta a juntar firmas para solicitar se designe con su nombre un espacio público en la esquina de calle Lavalleja y Cervantes. Plausible iniciativa que merece ser apoyada.

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