El delivery de la droga /
Una postal que ya dejó de sorprender
La pasta base circula por las calles con una facilidad que debería preocuparnos mucho más de lo que parece. Ya no es necesario imaginar grandes operaciones del narcotráfico, vehículos sofisticados o movimientos clandestinos de película. Muchas veces, la droga viaja en una motocicleta, escondida entre las pertenencias de quien se desplaza por la ciudad como si estuviera realizando una entrega más.
Y lo más preocupante es que esta modalidad parece haberse convertido en una postal cotidiana. Casi a diario aparecen procedimientos policiales en los que motociclistas son detenidos transportando dosis de pasta base u otras sustancias. Personas que, bajo la modalidad de un verdadero delivery, llevan la droga de un punto a otro para abastecer un mercado que, lamentablemente, también parece haberse instalado con naturalidad en distintos sectores de nuestra sociedad.
Ayer cayó otro. Otro motociclista, otra detención, otra incautación y otra investigación que comienza. Y así, lo que alguna vez habría sido un hecho policial de fuerte impacto, corre el riesgo de convertirse simplemente en un dato más del parte diario. La pasta base circula como caramelos. Se mueve rápido, llega a los barrios, cambia de manos y termina en consumidores que buscan, muchas veces, anestesiar una realidad que no pueden o no saben cómo enfrentar. Nada de esto justifica el consumo ni mucho menos la tarea de quienes lucran con el sufrimiento ajeno. La droga destruye al consumidor, pero también golpea duramente a sus familias y termina generando consecuencias sociales que trascienden ampliamente a quienes la consumen. Pero tampoco alcanza con detener al motociclista de turno.
Detrás de cada dosis hay una cadena mucho más amplia. Hay un mercado, hay quienes abastecen, quienes distribuyen y quienes compran. Y también existen condiciones sociales —marginación, pobreza, falta de oportunidades y deterioro de los vínculos— que pueden favorecer la expansión del consumo. La Policía cumple su tarea y cada procedimiento exitoso merece ser reconocido.
Pero la repetición de estos episodios debería obligarnos a mirar más allá de la motocicleta detenida. Porque cuando el delivery de la droga se convierte en algo cotidiano, el problema ya no es solamente policial. Es una señal de alarma social. Y quizás lo más triste sea precisamente eso: que en lugar de sorprendernos, apenas nos parezca una noticia más.