Gobernar para todos en tiempos de desencanto
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy
Hay momentos en la historia institucional de un país en los que el pragmatismo, la sensatez y el verdadero patriotismo deben imponerse sobre el sectarismo y la soberbia del poder. José Martí, una de las mentes más lúcidas de nuestra América, dejó para la posteridad una reflexión profunda que cobra hoy una vigencia absoluta: a un mal gobierno hay que ayudarlo para que sea un buen gobierno. No se trata de complicidad ni de sumisión ideológica, sino del entendimiento superior de que el fracaso de una administración nunca es gratuito; lo pagan, en primer término, los sectores más vulnerables de la sociedad.
BAJA APROBACIÓN
La realidad objetiva, reflejada en los indicadores de popularidad que recogen numerosas y recientes encuestas, muestra una tendencia ineludible: una aprobación ciudadana sumamente baja. Este desencanto social persiste de manera obstinada a pesar de las medidas de asistencia social aprobadas hace apenas pocas semanas y de los rimbombantes anuncios de inversiones multimillonarias. La ciudadanía parece haber comprendido que los paliativos coyunturales y el efectismo publicitario no bastan para transformar la vida cotidiana cuando las bases estructurales de la economía y el empleo continúan deterioradas.
Si el gobierno aceptase con humildad las propuestas de quienes no forman parte del oficialismo y se sentase alrededor de una mesa con el verdadero y sincero afán de encontrar puntos en común que beneficien a la población, le haría un inestimable favor al país. Escuchar a quienes piensan distinto no es un gesto de debilidad, sino una demostración de madurez democrática y de responsabilidad republicana. Ningún sector político posee el monopolio de las soluciones y la complejidad de los desafíos actuales exige sumar visiones en lugar de atrincherarse en dogmas insostenibles.
LA VERDADERA DIMENSIÓN DE LA CRISIS
Lamentablemente, pareciera que ciertos sectores del propio gobierno no comprenden la verdadera dimensión de la crisis ni la situación crítica en la que están sumidos miles de compatriotas que sobreviven en asentamientos e informallidad. Sus acuciantes problemas no se resolverán únicamente con ayudas sociales transferidas desde el Estado, sino con oportunidades concretas de trabajo genuino, capacitación e inversión productiva real. El asistencialismo puede amortiguar la indigencia inmediata, pero solo el empleo digno devuelve la libertad, la autonomía y el progreso a las familias.
En este complejo contexto, resulta desconcertante escuchar anuncios delirantes como la propuesta de eliminar los intendentes y las juntas departamentales. Ante semejantes ocurrencias, cabe preguntarse con genuina preocupación: ¿en qué están pensando quienes expresan dislates tan alejados de la realidad cotidiana y de las urgencias de la gente? Desmantelar instituciones territoriales históricas no creará un solo puesto de trabajo ni asfaltará un solo camino; por el contrario, genera una distracción innecesaria y denota una desconexión alarmante con los problemas reales del territorio.
SUPERAR EL AISLAMIENTO
Desde la vereda de enfrente, afortunadamente, existe una clara predisposición para proponer medidas constructivas que beneficien a la gente, especialmente a los más humildes. La oposición ha demostrado estar dispuesta a tender puentes y aportar alternativas viables para encauzar el rumbo. El gobierno se encuentra ante un dilema histórico y no debería perder esta oportunidad sin precedentes. Superar el aislamiento, aceptar las ideas ajenas y anteponer el bienestar general por encima de las mezquindades partidarias no solo fortalecerá la democracia, sino que le ofrecerá a toda la nación el futuro de dignidad que merece.