Heber Rattín, el vuelo de una vida /
Siete décadas en el cielo salteño
Durante más de setenta años, los cielos del norte uruguayo tuvieron un nombre propio, Heber Rattín. Piloto, empresario y referente de la aviación civil, su vida estuvo marcada por el zumbido constante de los motores y el inconfundible olor a combustible de aviación. A sus más de ochenta años, Rattín recuerda con serenidad y una chispa de emoción el largo viaje de una existencia dedicada al vuelo.
Los comienzos de una pasión
“Empecé a volar con 17 años”, recuerda Rattín, con una sonrisa que mezcla nostalgia y orgullo. Fue un 21 de diciembre de 1955 cuando obtuvo su primera licencia. Desde entonces, el cielo se convirtió en su segunda casa. En aquellos tiempos, volar era casi una aventura artesanal: sin GPS, sin plan de vuelo, con apenas una brújula y un mapa. “Antes salías con el sol de frente y una línea trazada a mano. Volábamos por referencia: un río, un camino, una estancia”.
Su historia es también la de la aviación uruguaya de mediados del siglo XX: una época de pioneros, cuando los aviones eran herramientas de trabajo, medios de transporte y hasta ambulancias improvisadas. Rattín fundó una empresa de taxi aéreo, que combinaba vuelos comerciales, sanitarios y de publicidad. “Llegué a tener tres aviones en vuelo”, cuenta. “Uno de ellos lo exporté a Estados Unidos, y fue mi estrella. Aunque —se ríe— la plata nunca la vi”.
De los años dorados a los nuevos tiempos
Con los años, el negocio del aire fue cambiando. “Un avión monomotor que antes costaba 10 o 12 mil dólares, hoy vale más de 800 mil”, explica. La aviación privada, que en los años 70 y 80 era habitual entre productores y empresarios, fue cediendo terreno frente a las nuevas tecnologías y los controles. “Hoy todo está regulado, hay cámaras, cercos perimetrales, seguridad. Antes era distinto: llegabas, te subías y despegabas. Otra época”.
Pero Rattín no se queja. Al contrario: ve los cambios como una evolución necesaria. “Todo cambió por el bien del que vuela y del que da servicio. Hoy los aeropuertos de Uruguay están preparados para recibir aviones que antes ni soñábamos”.
Una vida ordenada entre cielos y familia
A pesar de los riesgos del oficio, Rattín asegura que nunca perdió la prudencia. “Claro que tengo miedo”, confesó. “Pero el miedo es responsabilidad. Si voy a volar, tengo que estar seguro de lo que hago”. Esa disciplina lo acompañó siempre. “Hice una vida ordenada. Capaz que me olvidé de vivir un poco, pero mi familia me bancó igual. Cuando nacieron mis hijas, yo estaba volando”.
Detrás del piloto hay también un hombre sensible, consciente del paso del tiempo y del precio de las pasiones. “Mi madre me decía siempre: cuídate. Y esa voz me sigue acompañando”. “Cada vez que subo a un avión, la escucho”.
Historias desde el aire
En siete décadas de vuelo, Rattín acumuló anécdotas para escribir varios libros. Voló con presidentes, intendentes y figuras públicas. “He trasladado a muchos políticos, incluso a generales. Algunos me dicen, ‘usted me salvó la vida’. Pero el mérito es del médico; yo sólo los llevé”.
Una de sus historias favoritas es también una de las más difíciles. “Una vez, en una tormenta, me quedé varado tres días con un pasajero. Sin comunicación, sin radio. Dormimos bajo un galpón, con una botella de whisky para pasar la noche. Nuestras familias no sabían dónde estábamos. Hoy eso sería impensable”.
Esa mezcla de aventura y vulnerabilidad define la esencia de su oficio, “El avión es seguro”, afirma, “pero cuando cae, es noticia. Yo, por suerte, siempre fui noticia por llegar”.
El avance de la tecnología
Los cambios tecnológicos marcaron el contraste entre el ayer y el hoy. “Antes volábamos por brújula y mapa. Hoy hay GPS, transponder, comunicaciones meteorológicas en tiempo real. Antes nadie te pedía plan de vuelo. Ahora todo está controlado, y es lo correcto”. También el lenguaje cambió. “No existen las avionetas”, aclara con una sonrisa. “Existen los aviones livianos. Pero la gente dice avioneta y uno ya no corrige. Aunque, una vez, hasta un jefe de aeropuerto lo dijo al lado de un avión enorme… y me mordí la lengua”.
El accidente que no lo venció
Aunque su historial de vuelo es impecable, Rattín vivió un accidente como pasajero no hace mucho tiempo. “El piloto veía bien, pero algo falló. Nos salimos de la pista y nos clavamos de punta”. Su experiencia profesional lo mantuvo sereno, “Me acomodé, apreté los cinturones y esperé el impacto. Después el médico me revisó, ni un rasguño. Pero emocionalmente... duele”. Con el humor que lo caracteriza, agrega, “Lo importante es salir caminando. Después de tantos años, una más para la colección”.
El reconocimiento de un pueblo
Rattín fue homenajeado en su Salto natal con un libro sobre su vida y su trayectoria. “Fue una caricia al alma”, dice con humildad. “Devolver algo después de tanto vuelo. Uno se siente querido, y eso te vuelve humano”. Acostumbrado a mirar el mundo desde arriba, confiesa que sigue emocionándose con cada despegue. “Cuando das potencia, sentís que el avión te empuja hacia atrás. Yo siempre cuento hasta 14. Si a los 14 segundos las ruedas no despegan, algo anda mal. Pero cuando se levantan… es como si el alma también despegara”.
El legado de un aviador
Hoy, jubilado, Heber Rattín sigue siendo invitado a volar de tanto en tanto. “Extraño pilotear, cómo no. Pero estoy jubilado, me tengo que aguantar”, dice entre risas. Aun así, su figura sigue inspirando respeto entre las nuevas generaciones de pilotos, que lo ven como un referente de profesionalismo y pasión. “Dentro de la ley vale todo; fuera de la ley, nada”, resume como su filosofía. Y cuando se le pregunta por el secreto de una vida tan larga y plena, responde sin dudar, “Cuidarse. Y amar lo que uno hace”.
El hombre que miró siempre hacia el cielo
Heber Rattín no sólo fue testigo del desarrollo de la aviación en Uruguay: fue protagonista. Su historia combina aventura, responsabilidad y una profunda humanidad. A lo largo de siete décadas, atravesó tormentas, avances tecnológicos y cambios sociales, sin perder nunca su esencia. Quizás por eso, cuando se le pregunta qué siente al mirar el cielo, su respuesta es tan simple como luminosa, “Cada vez que un avión despega, siento que el mundo todavía tiene espacio para soñar”.