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El ejercicio del poder público exige, como condición fundamental, temple democrático, mesura y una absoluta disposición a rendir cuentas ante la ciudadanía. Quienes ocupan altas responsabilidades en el gabinete nacional no están allí para recibir aplausos complacientes, sino para gestionar los destinos de un país y someterse al escrutinio riguroso de la prensa libre. Sin embargo, la reciente e inaceptable reacción del ministro de Economía ha demostrado todo lo contrario, evidenciando una preocupante intolerancia ante cuestionamientos incómodos pero estrictamente necesarios.

PREGUNTA INCÓMODA

Todo comenzó cuando un periodista, cumpliendo con su deber profesional de interpelar a las autoridades sobre los problemas reales de la población, formuló una pregunta tan directa como ineludible: ¿por qué medio millón de uruguayos ganan hoy menos de 25.000 pesos? Lejos de ofrecer una explicación técnica, un argumento político convincente o un atisbo de empatía institucional, el jerarca optó por la huída hacia adelante. Al verse arrinconado por una cifra lapidaria que desnuda las carencias del modelo, el ministro perdió completamente los estribos.

AMEDRANTAMIENTO

En lugar de responder en el ámbito que correspondía, llamó al trabajador de prensa aparte para someterlo a una actitud destemplada, fuera de lugar, intimidante y profundamente desubicada. Esa maniobra, impropia de un funcionario de la República, buscaba claramente amedrentar al comunicador y enviar un mensaje disciplinador al resto del periodismo. Es inadmisible que un secretario de Estado utilice su posición de privilegio para amedrentar a quienes simplemente trasladan las inquietudes de la gente a la esfera pública. Esta clase de desplantes revela una peligrosa confusión entre la autoridad democrática y el autoritarismo de quien se siente intocable.

ATAQUE PERSONAL

Lo más grave de este episodio no es únicamente la pésima educación o la soberbia demostrada por el jerarca, sino las motivaciones profundas de su enojo. El ministro no se enojó con el estrepitoso fracaso de una política económica que condena a cientos de miles de compatriotas a la precariedad; se enojó con el mensajero por atreverse a visibilizarlo. Se indignó porque le recordaron que, bajo su gestión, los sueldos son de hambre y las jubilaciones continúan siendo paupérrimas. Prefirió el ataque personal antes que asumir la responsabilidad política de un sistema que profundiza las brechas sociales en lugar de cerrarlas.

PRESENCIAR BERRINCHES

Un ministro de Economía no puede ni debe reaccionar desde el descontrol emocional cuando la realidad económica le resulta adversa. La ciudadanía no financia su cargo para presenciar berrinches de despacho ni para tolerar abusos de poder frente a la prensa independiente. Cuando los argumentos escasean y las respuestas brillan por su ausencia, la prepotencia suele ser el último refugio de la ineptitud.

La democracia uruguaya se sustenta en el respeto irrestricto a la libertad de expresión y en el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad sobre sus condiciones de vida. Episodios como este no solo degradan la investidura ministerial, sino que erosionan la confianza pública en las instituciones. El ministro debería pedir disculpas públicas por su inaceptable conducta y enfocar todas sus energías en resolver el drama social que reflejaba aquella pregunta, en lugar de intentar silenciar a quien tuvo la valentía de formularla. La prepotencia jamás podrá tapar el hambre ni justificar el fracaso de una gestión sorda al dolor de su pueblo.

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