Los 85 años de Ahmad Ayeish
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Por Leonardo Vinci
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Hoy cumple 85 años Ahmad Asheish, joven de espíritu y de férrea voluntad, celebrándolos junto a su familia y a los empleados de su empresa, a quienes también considera parte de ella. Su historia es la de un sobreviviente y emprendedor que convirtió la adversidad en trabajo, integración y futuro.
Asheish recuerda su infancia marcada por las guerras de 1948. “Vivimos tiempos muy difíciles. Éramos 900.000 palestinos olvidados. Hubo pandemias de cólera, tifus y viruela por la falta de sanidad. Estábamos sin comida ni agua. Yo tenía siete años y esas cicatrices me acompañarán hasta la tumba”. Evoca calles con personas muertas por hambruna y una niñez que lo obligó a crecer antes de tiempo. “No siento odio; tengo una fortaleza cultural y espiritual que me hace pensar que vamos a salir adelante”.
Maestro o soldado...
En 1958 se preguntó qué haría con su vida. En Jordania, dice, el horizonte era limitado: maestro o soldado. “Cuando uno es joven sueña con progresar. Opté por emigrar”. En el consulado de Brasil se presentó como refugiado con la intención de trabajar y estudiar. “No era una aventura; era una necesidad”. El viaje duró 32 días por el Atlántico. La soledad, el idioma, la comida y los camarotes de cuarta categoría —bajo la línea de flotación— marcaron esa travesía. “Ahí maduré. Pasé de niño a hombre”.
Soy Palestino pero llevo a Brasil y Uruguay en el corazón
Ya en Uruguayana, se alojó en una pensión precaria: una casa de madera sin luz eléctrica, con colchones rellenos de pasto. “Me preguntaba cuánto durarían las penurias”. Cambiaron hábitos alimentarios y, pronto, comenzaron a trabajar: vendían mercadería casa por casa con maletas. Ofrecían ropa interior, zapatos, camisas sin cuello. Se perdían en calles de una ciudad que entonces tenía 12.000 habitantes. “La necesidad obliga a aprender, y aprendimos”. Con el tiempo se integraron, aprendieron el idioma y recibieron solidaridad.
“Soy palestino —dice—, pero tengo otras dos tierras en el corazón: Brasil y Uruguay”. Al año viajaban en tren y ómnibus a San Pablo para traer mercadería. Todo se vendía. Dormía sobre los bolsos. El negocio creció, contrataron personal y abrieron locales. En Artigas nació su hija, Samara Andreína.
Uruguay era la China actual
La mejora de la economía uruguaya y el auge de la industria azucarera impulsaron su radicación en Bella Unión, ciudad que creció de 10.000 a casi 30.000 habitantes. Construyó su casa y abrió comercios que abastecían a trabajadores brasileños. “Uruguay era entonces la China actual”, recuerda, por la calidad textil y la confiabilidad industrial. Compradores de Europa y Oceanía elegían al país por su lana y por el cumplimiento de compromisos.
Comercio, producción y turismo
También incursionó en la producción: compró chacras y plantó caña de azúcar, participó en cooperativas y apostó a crecer. Más tarde, ya en Salto, junto a su hijo —abogado que eligió el comercio—, adquirió la histórica Tienda Alaska en medio de la crisis bancaria. Mantuvieron el nombre, sostuvieron a jubilados y pensionistas como clientela y dieron empleo a muchas personas.
Visionario, promovió el turismo del norte, las termas, el turismo fluvial y de convenciones. “Uruguay fue una marca registrada”, insiste, y llama a valorar el país.
A los 85, Ahmad Asheish celebra una vida de sacrificio y trabajo. Lo saludamos con afecto, respeto y admiración.