Marcelo Vives /
La voz que hizo vibrar a Salto y convirtió el canto en terapia
Hay artistas que descubren su vocación con el paso del tiempo. Otros, en cambio, parecen nacer sabiendo cuál será su destino. Marcelo Vives pertenece a este último grupo. A los seis años, mientras en su casa se quemaban hojas secas en el fondo, él aprovechaba el humo para imaginarse sobre un escenario. “Veía en la televisión que los cantantes usaban humo en sus shows, y yo cantaba ahí, como si ya estuviera actuando”, recuerda entre risas. Aquella escena doméstica fue, sin saberlo, el primer indicio de una carrera que lleva más de dos décadas.
Para Vives, cantar nunca fue solamente una afición. Es, según sus propias palabras, algo “terapéutico”. No como una frase hecha, sino como una experiencia real. “No todos los días estamos bien, pero cada vez que canto siento que sano”. Esa convicción lo acompañó desde la infancia y lo impulsó a formarse musicalmente. Además de cantante, es profesor de órgano electrónico, formación que le dio herramientas sólidas en lectura musical, solfeo y teoría. Aunque ejerció poco tiempo como docente, ese conocimiento técnico se convirtió en un pilar fundamental para su desarrollo artístico.
Los primeros pasos, del folklore a la apuesta solista
Su recorrido profesional comenzó en 1999, dentro del folklore uruguayo. Junto a dos amigos formó un trío que recorría escuelas rurales y espacios donde el género tenía mayor presencia. Allí no solo cantaba: también tocaba teclado, guitarra y percusión. Fue una etapa de aprendizaje colectivo y contacto directo con el público.
En el año 2000 integró “Morada Interior”, un grupo vocal inspirado en el estilo de Los Nocheros, pero con identidad propia y repertorio inédito. Aquella experiencia consolidó su confianza y creatividad, hasta que en 2003 tomó una decisión clave, lanzarse como solista.
“Un Salto al Canto”, cuando ser artista también fue formar artistas
Antes de consolidarse como solista, Vives protagonizó una experiencia pionera para la ciudad: creó el concurso “Un Salto al Canto”, inspirado en los realities musicales que comenzaban a popularizarse. En una época sin redes sociales ni plataformas digitales, la convocatoria se hacía con afiches y las pistas musicales debían encargarse especialmente a músicos.
El certamen, realizado en el Ateneo, fue gratuito y reunió a numerosos participantes. Más que un simple concurso, se convirtió en un semillero de talentos locales. “Yo hacía de coach, ayudándolos con la tonalidad y la interpretación”. Varias de esas voces continúan cantando hasta hoy. Esa etapa no solo fortaleció su perfil artístico, sino también su compromiso con el crecimiento cultural de Salto.
La conquista del público salteño
Uno de los mayores orgullos de Marcelo Vives es haber construido una carrera sostenida en su propia ciudad. En un medio pequeño, donde la competencia es intensa y las oportunidades pueden ser limitadas, mantenerse durante más de 20 años no es tarea sencilla.
En sus comienzos, los pubs imponían restricciones musicales. “Nada de cumbia”, le advertían. El repertorio debía inclinarse hacia lo latino: Marc Anthony, Ricardo Montaner, Alejandro Sanz o los artistas surgidos de “Operación Triunfo”. Pero Vives, con paciencia estratégica, comenzó a introducir de a poco la cumbia melódica. Sin estridencias, canción tras canción, fue ganando terreno hasta convertirla en parte habitual de la escena local.
“Creo que introduje la cumbia melódica en esos pubs”, dice con humildad. Más allá de la afirmación, lo cierto es que fue parte de una transformación cultural. El público salteño, históricamente tildado de “frío”. “Hoy es alegre, divertido. Los prejuicios se han perdido en un 80%”. Su fórmula no se basa solo en la música. Vives combina canto y animación. Se define como “un cantante que anima”. Humor, interacción y dinamismo son ingredientes esenciales de cada show.
Resiliencia, actualización y gratitud
Si tuviera que definir qué lo enorgullece del Marcelo que empezó en 1999 frente al de 2025, no duda, la resiliencia y la constancia. “No fue un camino de seda”. Como en cualquier profesión, enfrentó competencia, cambios de tendencia y momentos difíciles, especialmente durante la pandemia, etapa en la que debió reinventarse.
Trabajó como jefe de animación en el complejo Alto del Arapey durante casi seis años, atravesando el período previo, durante y posterior a la crisis sanitaria. La adaptación permanente, sostiene, es clave para no quedar en el camino. A la hora de agradecer, la lista es extensa, empresarios que confiaron en él, colegas, amigos periodistas que lo acercaron a escenarios como el del Sodre en Montevideo cuando apenas tenía 20 años, y, por supuesto, sus padres, quienes lo acompañaron desde el primer día. Pero por encima de todos, destaca al público salteño. “Arranqué, me mantuve y sigo acá gracias a ellos. No me puedo quejar ni un milímetro”.