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Durante el mes de julio, España ha estado permanentemente envuelta en llamas. Tras grandes incendios forestales como los de la comarca de las Cinco Villas, en Zaragoza, o el de La Mierla (Guadalajara), este trágico testigo se ha desplazado a Ávila, Madrid, Toledo y Castellón. El fuego en Burgohondo (Ávila) y el de la sierra Oeste (Madrid) continúan en emergencia de interés nacional, lo que implica que el mando del operativo ha recaído sobre el Ministerio del Interior. Allí han ardido ya más de 75.000 hectáreas —50.000 en Ávila, convirtiéndose en el peor incendio forestal de la historia de España en cuanto a superficie afectada, y más de 25.000 en la Comunidad de Madrid—, dejando un territorio completamente devastado por el humo, los escombros y la ceniza. En La Vall d’Uixó (Castellón), son más de 9.300 las hectáreas arrasadas.

Sin estar todavía controlados ninguno de estos incendios, los efectivos continúan trabajando sin descanso, más aún teniendo en cuenta que la cuarta ola de calor del verano (que comenzó este miércoles) recrudece las condiciones meteorológicas y puede también hacerlo con respecto a la evolución de las llamas.

Estos grandes incendios forestales que han puesto al límite a los recursos de extinción de España son el ejemplo de una tendencia que lleva gestándose en nuestro país desde hace un tiempo: la voracidad de las llamas ha aumentado y debemos aprender a gestionar esta emergencia, pues cada vez estará más presente en nuestros montes.

 

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