Diez años sin Jorge Batlle /
La ausencia de quien pensaba el país
Hoy 24 de octubre se cumplen diez años del fallecimiento del doctor Jorge Batlle Ibáñez, una figura singular de la política uruguaya cuya trayectoria, ideas y personalidad siguen ofreciendo motivos para la reflexión. Para muchos, fue uno de los últimos grandes dirigentes, un político que entendía que su responsabilidad no consistía simplemente en decirle a la gente lo que quería escuchar, sino en intentar convencerla de aquello que consideraba necesario para el país.
Batlle tenía una concepción de la política que hoy parece cada vez más distante: las convicciones debían estar por encima de las encuestas y las ideas debían defenderse aun cuando hacerlo tuviera un costo electoral. Durante décadas persiguió la Presidencia de la República, conoció derrotas y frustraciones, pero no renunció a su manera de entender la actividad política ni convirtió sus propuestas en un ejercicio de oportunismo para ganar votos.
Cuando finalmente llegó al gobierno, en marzo de 2000, mantuvo ese estilo. Impulsó la Comisión para la Paz, se animó a plantear en escenarios internacionales debates tan controvertidos como la legalización de las drogas y debió afrontar, en 2002, una de las crisis económicas y financieras más graves de la historia reciente del Uruguay.
En aquellas circunstancias tomó decisiones difíciles para evitar el default y preservar los compromisos financieros del país. Su gestión atravesó momentos dramáticos, cometió errores y recibió cuestionamientos que forman parte inseparable de su legado. Pero también dejó una lección política que merece ser recordada: asumir responsabilidades significa responder por las decisiones propias, incluso cuando reconocer un error resulta doloroso.
Diez años después, el contraste con buena parte de la realidad política actual resulta inevitable.
Hoy abundan los estudios de opinión, las estrategias de comunicación y los cálculos electorales. Se mide qué decir, cómo decirlo y cuándo conviene guardar silencio. Mientras tanto, los grandes asuntos nacionales siguen reclamando respuestas: la educación, la seguridad social, la calidad del Estado, la inserción internacional y las condiciones necesarias para recuperar el crecimiento económico.
Son cuestiones que exigen reformas, acuerdos y, sobre todo, dirigentes dispuestos a explicar sus propuestas sin esconder las dificultades. Sin embargo, con demasiada frecuencia, las decisiones incómodas se postergan porque pueden tener un costo político. Se prefiere administrar los problemas antes que enfrentarlos, preservar adhesiones antes que construir consensos y llegar a la próxima elección antes que resolver aquello que compromete el futuro.
La democracia necesita escuchar a la ciudadanía, pero gobernar no puede reducirse a seguir el humor de las encuestas. También exige liderazgo, capacidad de persuasión, claridad de objetivos y disposición para asumir responsabilidades. Convencer no significa imponer; significa argumentar, dar la cara y procurar que la sociedad comprenda por qué determinadas decisiones pueden ser necesarias, aunque no resulten populares en un primer momento.
Jorge Batlle no fue un dirigente sin contradicciones ni estuvo exento de errores. Ningún balance honesto de su trayectoria debería ignorarlos. Pero sería igualmente injusto olvidar su disposición a debatir, su personalidad política y su convicción de que el país necesitaba algo más que administrar la coyuntura.
El descontento ciudadano no se combate únicamente con discursos, campañas publicitarias o promesas renovadas en cada período electoral. Se combate también demostrando que la política tiene una finalidad superior a la conservación de cargos, posiciones y privilegios: trabajar para resolver los problemas de la sociedad y construir un futuro mejor.
A diez años de su desaparición física, el recuerdo de Jorge Batlle trasciende la nostalgia por un dirigente de otra época. Interpela al presente y obliga a preguntarse cuánto espacio queda para las convicciones en una actividad cada vez más condicionada, lamentablemente, por el cálculo electoral que por el real trabajo por el país y su realidad.