Cuando el año se apaga y la esperanza se enciende
-
Por Angélica Gregorihk
/
diario@laprensa.com.uy
Estamos a horas, nada más, de ver cómo comienza a bajar el telón de 365 días transcurridos de este 2025 que ya entra en su tramo final. El calendario avanza sin pedir permiso y, casi sin darnos cuenta, otro ciclo vital se completa. Hemos sido y seguiremos siendo actores y autores de nuestro propio tránsito por el tiempo, con la certeza inapelable de que el pasado no regresa y de que el futuro, siempre incierto, nos compromete y nos desafía.
En estas horas finales del año, se impone el tradicional e inevitable rito del balance. Una instancia íntima y colectiva a la vez, en la que solemos sumar alegrías, satisfacciones, éxitos y logros, pero también registrar con honestidad los problemas, las tristezas, las desilusiones y los fracasos que nos tocó atravesar. Todo ello forma parte de nuestra experiencia, de los desafíos normales de vivir, de intentar y de equivocarse.
En medio de esos pensamientos, conviene no perder de vista una verdad esencial, la vida, aun con sus golpes y contradicciones, siempre es digna de ser disfrutada y enfrentada. Y hacerlo poniendo de nuestra parte el mayor esfuerzo posible, con un anclaje firme en lo familiar y en los vínculos que nos sostienen cuando el ánimo flaquea. No hay proyecto individual que se construya en soledad absoluta.
La llegada del 2026, esperada con expectativa y deseos renovados, abre simbólicamente la puerta a un nuevo comienzo. Un tiempo que vuelve a ofrecernos la posibilidad de intentar otra vez, de creer que todo es posible, de darle sentido al sacrificio y al esfuerzo. Por eso cada año empieza con augurios, con predisposición positiva y con una esperanza casi ritual depositada en sueños y aspiraciones que, muchas veces, se repiten.
Pero no hay grandes transiciones, el tiempo no se detiene ni un segundo. Simplemente seguimos andando. Y cuando las luces del año que se va se apagan, dejan de encandilarnos y nos permiten ver con mayor claridad nuestro entorno. Entonces advertimos que hay quienes aplauden, quienes permanecen indiferentes y también quienes rechazan. Comprender esa diversidad de miradas es parte de madurar.
El cierre del año funciona como un punto de corte simbólico, un final y un comienzo. Pasar de página implica, para muchos, un renacer cargado de esperanza y, casi siempre, de la expectativa de algo mejor. Es también un momento de juicio interno, donde cada persona evalúa lo logrado y lo perdido. Pero ese balance no siempre es justo, muchas veces está atravesado por ideales impuestos, mandatos ajenos o expectativas sociales que generan frustración y una autoexigencia excesiva.
Desde una mirada más profunda, resulta clave escuchar qué es lo que realmente deseamos. No lo que “deberíamos” querer, sino aquello que nos moviliza de verdad. Quien logra conectar con su deseo auténtico tiene más posibilidades de plantearse metas que lo acerquen a una satisfacción posible, aunque nunca completa. Por eso, frente a la sensación tan común de no haber cumplido lo planeado, conviene proponerse objetivos cortos y alcanzables, evitando cargas imposibles que solo alimentan la frustración.
El fin de año también nos remite al duelo. Celebramos un año más vivido, pero, en el fondo, es un año menos por delante. Tal vez por eso necesitamos reunirnos, abrazarnos, sentirnos rodeados de amigos y familia. Compartir es una forma de conjurar el paso del tiempo.
Aceptar lo que no salió como esperábamos es otro aprendizaje esencial. Aceptar no es resignarse, sino entender que la vida es impredecible y que algunas metas requieren otros tiempos o caminos. No hay que temerle al fracaso, fracasa quien no intenta.
De cara al nuevo año, el desafío es retomar los caminos que nunca debimos abandonar. Que el 2026 nos encuentre, entonces, con la decisión de aprender de lo vivido y la valentía de volver a intentar.
Comentarios potenciados por CComment