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A fines de los años sesenta o principios de los setenta, la televisión uruguaya en blanco y negro albergaba ciclos cómicos inolvidables como Jaujarana u Operación Já-Já. En uno de sus sketches más recordados, un supuesto cantautor visitaba con guitarra en mano a un productor musical en su escritorio. El personaje intentaba convencerlo de que traía bajo el brazo la idea para un absoluto éxito discográfico, interpretando una melodía que cambiaba levemente la letra de alguna de las canciones de moda que por entonces se escuchaban hasta el cansancio en las frecuencias radiales. Ante la innegable evidencia, el productor o cazatalentos lo interrumpía de inmediato para exclamar: "¡Pero esa canción ya existe!". El número humorístico culminaba invariablemente cuando el improvisado músico miraba fijo a la cámara y justificaba su penosa maniobra con la frase célebre: "Está visto… No se puede componer con la ventana abierta...".

Lo ocurrido hace pocas horas en el Parlamento Nacional bien podría haber dado lugar a una escena similar. La Mesa de la Cámara alta pudo advertir a los proponentes de la bancada del Frente Amplio una cruda realidad: el proyecto de ley que con bombos y platillos acababan de presentar ya existía y descansaba en las carpetas legislativas desde hacía exactamente un año.

La iniciativa en cuestión busca, en teoría, poner en absoluta igualdad de condiciones a los legisladores y a quienes ocupan altos cargos de confianza política con el resto de los trabajadores del país en materia de normativas laborales y previsionales. Sin embargo, la legítima aspiración de discutir este tipo de asuntos pierde toda seriedad institucional cuando se instrumentaliza mediante la copia burda.

El diputado colorado Horacio De Brum había presentado un proyecto prácticamente idéntico doce meses atrás. Lejos de sumarse al debate con altura republicana, de aportar mejoras al texto original o de negociar acuerdos parlamentarios transparentes, la fuerza política de izquierda optó por el camino más fácil y menos ético: calcar la propuesta ajena, cambiarle la carátula y presentarla como un destello propio de originalidad y sensibilidad social.

Este accionar no solo evidencia una profunda pobreza creativa a la hora de legislar, sino que también revela una preocupante falta de respeto hacia el trabajo legislativo de sus propios colegas. Apropiarse de la labor ajena para capitalizar réditos políticos partidarios roza el plagio institucional. Demuestra que el oportunismo electoral y el afán de figurar en los medios priman por encima de la rigurosidad y la coherencia democrática.

A diferencia del cándido personaje de aquel viejo sketch televisivo, los legisladores del Frente Amplio difícilmente puedan echarle la culpa a una ventana abierta. Aquí no hubo casualidades ni desafortunadas coincidencias artísticas. Lo que queda al descubierto es una maniobra consciente destinada a apropiarse de agendas ajenas cuando la coyuntura así lo amerita, ignorando por completo el esfuerzo previo de quienes ya habían marcado el rumbo legislativo sobre el tema.

La ciudadanía exige de sus representantes seriedad, honestidad intelectual y trabajo genuino. Copiar proyectos de ley presentados por la oposición para luego presentarlos como estandarte propio no es hacer política con altura; es recurrir a la viveza criolla más barata. La democracia uruguaya merece legisladores que compongan sus propias melodías en lugar de robar partituras ajenas esperando que nadie note la diferencia.

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