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El pasado sábado escribíamos una frase que seguramente comparte la enorme mayoría de la gente, nadie va por gusto a una Emergencia. Quien llega hasta allí lo hace porque siente dolor, porque se encuentra mal o porque entiende que necesita ayuda médica. Pocos días después, una noticia nos golpeó a todos. Una persona de 64 años falleció mientras esperaba ser atendida en la Emergencia del Hospital de Salto.

Detrás de cualquier investigación, protocolo o expediente, hay una realidad, una vida que se perdió. Y cuando eso ocurre dentro de un servicio de Emergencia, surgen preguntas que merecen respuestas claras.

Desde el primer momento intentamos contactar a la directora del hospital, Dra. Gabriela González, para conocer detalles de lo ocurrido y obtener la posición oficial de la institución. Hasta el momento, las respuestas aún no han llegado. Mientras tanto, comienzan a mencionarse distintos elementos que forman parte de la investigación. Se habla del triage, de los tiempos de espera y también de las cámaras de seguridad. Sin embargo, más allá de todo eso, hay algo que parece evidente.

Una cámara puede mostrar movimientos, horarios y recorridos. Puede ayudar a reconstruir los hechos. Pero no puede medir el dolor de una persona. No puede realizar un análisis de sangre, un electrocardiograma o una ecografía. Tampoco puede determinar qué estaba ocurriendo dentro del organismo de un paciente. Las cámaras pueden mostrar qué pasó. La medicina debe intentar evitar que pase.

Este artículo no busca señalar culpables ni emitir condenas apresuradas. Tampoco pretende juzgar a personas concretas que seguramente también están afectadas por lo ocurrido. Para eso existen las investigaciones administrativas, las pericias y, si corresponde, la intervención de la Justicia. Lo que sí corresponde es reflexionar.

Porque cuando una persona atraviesa la puerta de una Emergencia, deja de ser simplemente alguien que espera atención. A partir de ese momento pasa a estar dentro de una institución cuya razón de ser es justamente asistir, observar, evaluar y cuidar a quienes llegan buscando ayuda.

Es un principio básico que muchas sentencias judiciales han analizado a lo largo de los años. Y de las sentencias también se aprende. El problema es que hay que leerlas. Muchas veces enseñan dónde estuvieron los errores, qué cosas pudieron hacerse mejor y qué medidas permiten evitar que una situación vuelva a repetirse.

La investigación deberá establecer qué ocurrió en este caso. Si el triage fue correcto, si los síntomas reflejaban un cuadro más grave de lo que se interpretó inicialmente, si existieron reevaluaciones durante la espera y cuánto tiempo transcurrió desde el ingreso hasta el fallecimiento.

Pero más allá de las conclusiones que se alcancen, existe una realidad que preocupa a cualquier ciudadano, esperar puede tener consecuencias.

La enorme mayoría de las veces la espera termina simplemente con una consulta médica. Pero hechos como este recuerdan la importancia de que los pacientes sean observados, controlados y reevaluados cuando permanecen en una sala de Emergencia.

La familia merece saber qué ocurrió. La institución tiene la oportunidad y la obligación de aclararlo. Y la sociedad necesita respuestas no para buscar culpables, sino para aprender.

Porque cuando ocurre una tragedia, el verdadero desafío no es encontrar excusas. El verdadero desafío es comprender qué pasó y hacer todo lo posible para que nadie más llegue a una Emergencia buscando ayuda y termine perdiendo la vida mientras espera ser atendido.

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