Del pizarrón al candado
- Por Alexander Fagundez - Edil de la CORE
Uruguay transita el inicio de clases bajo una dualidad desconcertante. Mientras el Parlamento celebra acuerdos comerciales que prometen insertarnos en el primer mundo, en las periferias urbanas se consolida una realidad que no entiende de indicadores macroeconómicos. Es la “nueva pobreza”: un fenómeno que ha mutado desde la carencia material hacia una exclusión estructural cimentada en dos pilares cada vez más frágiles: el aula vacía y la celda llena.
La histórica promesa del Uruguay batllista —donde el hijo del obrero y el del profesional compartían banco de escuela y horizonte de progreso— parece más una pieza de museo que un contrato social vigente. Durante décadas, la educación pública funcionó como el principal mecanismo de movilidad social ascendente, el gran igualador republicano que permitía compensar desigualdades de origen. Sin embargo, en este 2026, esa premisa comienza a sonar, en demasiados barrios, más a sarcasmo que a certeza.
No se trata de una crisis de cobertura, sino de una emergencia de calidad. El problema ya no es solo que miles de adolescentes no culminen el ciclo básico, sino que una proporción relevante de quienes egresan presenta severas dificultades de comprensión lectora y razonamiento lógico. En términos técnicos, hablamos de alfabetismo funcional: estudiantes que obtienen un certificado, pero carecen de las competencias necesarias para desempeñarse en un mercado laboral crecientemente tecnificado.
Ciertos enfoques de política pública han caído en la trampa de naturalizar la pauperización social. Bajo discursos centrados en el asistencialismo permanente, se ha terminado por gestionar la miseria en lugar de erradicarla, convirtiendo la vulnerabilidad en un estado aceptable para determinados sectores. Esta condescendencia institucional ha operado como un anestésico sobre la exigencia de excelencia en la educación pública, instalando la idea implícita de que a algunos estudiantes “no se les puede pedir más”. El aula ha mutado de espacio de formación a dispositivo de contención social.
A esta fragilidad estructural se suma una brecha digital que profundiza diferencias. Mientras una minoría accede a habilidades vinculadas al pensamiento computacional o la programación, una mayoría apenas desarrolla competencias instrumentales. Este diferencial configura itinerarios laborales radicalmente distintos: para unos, inserción en la economía del conocimiento; para otros, empleos de plataforma, informalidad o subempleo. Es la expresión contemporánea de una pobreza cognitiva que limita la capacidad de proyectar movilidad social.
Al desertar del sistema educativo, el joven se enfrenta a un mercado laboral tecnológico con una caja de herramientas vacía. Sin instrumentos para la legalidad, el delito comienza a aparecer como una alternativa de pertenencia, ingreso y estatus inmediato. Aquí es donde el triángulo de la exclusión revela su ángulo más oscuro: el sistema carcelario.
Con aproximadamente 17.000 privados de libertad, Uruguay ostenta una de las tasas de prisionización más altas. Pero lo verdaderamente alarmante no es el volumen, sino el perfil de esa población: cerca del 80% no completó la educación media. Esta cifra constituye evidencia de que la cárcel no representa el inicio del problema, sino el desenlace de trayectorias educativas truncas. La institución que debería rehabilitar termina funcionando como el depósito final de quienes el sistema escolar expulsó.
El debate sobre la eventual salida del INR del ámbito del Ministerio del Interior es necesario, pero corre el riesgo de tornarse cosmético si no se aborda la dimensión educativa intramuros. Cambiar organigramas sin garantizar formación técnica efectiva equivale a modificar la chapa de la puerta sin alterar lo que ocurre dentro. Si no hay una escuela de segunda oportunidad adentro, habrá una universidad del crimen afuera.
En la conversación cotidiana, el ciudadano percibe que financia, vía impuestos, un sistema educativo que no retiene ni forma adecuadamente, y un sistema de seguridad que apenas administra el problema bajo llave para luego devolverlo a la sociedad en condiciones más críticas. No podemos permitir que el destino de un niño quede sellado antes de los diez años. Cada banco vacío en un liceo es, tarde o temprano, un nuevo candado que se cierra en una celda. Uruguay no puede darse el lujo de perder generaciones mientras la política discute semántica. No habrá paz social si la seguridad pública continúa pensándose únicamente con patrulleros y no con pizarrones. La pregunta de fondo no es cuántas cárceles más necesitamos, sino cuántas mentes estamos dejando sin construir por no exigir que la educación pública vuelva a ser el gran igualador batllista.