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Carolina Cosse tuvo en Nueva York una experiencia que, por esas curiosidades que tiene la política, bien podría interpretarse como una pequeña lección de humildad. La vicepresidenta de la República llegó a la Asamblea General de las Naciones Unidas para hablar en nombre de Uruguay y del gobierno que representa. Un escenario majestuoso, solemne, universal. Un lugar donde cada palabra debería ser cuidadosamente medida, porque allí no se habla solamente en nombre de un partido ni de una administración: se habla en nombre del país.

Pero el reloj avanzó. Y Cosse siguió hablando. Hasta que el micrófono se apagó. No hubo gritos, ni enfrentamientos, ni una decisión política. Simplemente se terminó el tiempo concedido y la tecnología hizo lo que correspondía: dejó de amplificar la voz de quien había excedido el límite. Durante algunos segundos, la vicepresidenta siguió hablando. Pero nadie —o casi nadie— podía escucharla. La escena podría haber quedado reducida a una simple anécdota. El problema es que la política tiene memoria. Y entonces resulta inevitable recordar que quien en Nueva York sufrió el silencio de un micrófono es la misma persona que, desde la presidencia del Senado, ha sido cuestionada precisamente por su particular manera de administrar el uso de la palabra.

Porque Cosse no parece llevarse demasiado bien con las voces que la contradicen. Durante distintas sesiones parlamentarias se han producido episodios en los que legisladores de la oposición han visto interrumpidas sus intervenciones, llamados al orden y, en determinados casos, incluso el corte del micrófono.

Y aquí está la ironía. En Uruguay, durante décadas, los senadores de la oposición tuvieron la libertad de cuestionar a los gobiernos, denunciar errores, atacar decisiones, interpelar ministros y formular las críticas más duras. Algunos llegaron incluso a provocar la caída de integrantes del gabinete.

Eso no debilitó la democracia. Eso fue democracia. Porque el Parlamento no fue creado para que el oficialismo escuche únicamente aquello que le resulta agradable. Fue creado precisamente para que exista una voz que cuestione al poder. El problema aparece cuando quienes llegaron al gobierno comienzan a confundir mayoría con razón y autoridad con derecho a silenciar. Y allí la conducta de Cosse merece una reflexión.

No porque sea la primera ni la última dirigente política que tenga dificultades para tolerar la crítica. El problema es que ocupa la Presidencia del Senado y, por lo tanto, tiene una responsabilidad institucional que está muy por encima de sus preferencias políticas personales.

El presidente de un cuerpo legislativo no está allí para decidir qué discurso le gusta y cuál le molesta. Está para garantizar que se pueda hablar. Incluso cuando lo que se dice incomoda. Especialmente cuando incomoda.

Porque si un senador oficialista puede hablar mientras resulte conveniente, pero un opositor debe medir cada palabra para no provocar la interrupción del micrófono, entonces algo esencial de la democracia comienza a fallar.

Y quizás por eso la escena de Naciones Unidas tuvo una carga simbólica difícil de ignorar. La misma persona que desde el Senado ha ejercido el poder de administrar la palabra terminó, por unos segundos, enfrentada a un micrófono que ya no obedecía. Algo que muchos llamarán karma. Prefiero apuntar y juzgar que  nadie debería sentirse dueño de la palabra ajena y mucho menos  en el ámbito del Senado de la República.

La ironía, es que esta vez, el que apagó el micrófono no fue el poder político. Fue el tiempo. Ese que muchas veces impone justicia donde se le ha ignorado. Téngase en cuenta.

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