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Declaraciones del Intendente de Montevideo, Mario Bergara, atribuyendo la caída en la aprobación de su gestión y la del presidente Yamandú Orsi a un “factor político”, lejos de cerrar el debate, lo abren con crudeza. Porque si algo evidencia esa afirmación es una preocupante desconexión entre quienes gobiernan y la realidad cotidiana de la gente.

Resulta, cuanto menos, llamativo que se intente reducir el malestar ciudadano a una mera cuestión de clima político o disputas partidarias. Como si el descontento fuera una construcción artificial y no la consecuencia directa de decisiones que impactan en la vida diaria. Como si la ciudadanía fuera incapaz de distinguir entre relato y realidad.

La interna del oficialismo, con sus tensiones ideológicas y luchas por poder, puede explicar parte del ruido. Pero no explica la ineficiencia. No explica la sensación de desgobierno. Y mucho menos justifica decisiones que parecen tomadas más por capricho o cálculo político que por sentido común o responsabilidad.

Mientras el mundo atraviesa conflictos complejos y escenarios inciertos, Uruguay parece atrapado en una peligrosa ambigüedad. En necesidad de “quedar bien con todos”, derivando así, en una política exterior difusa y en una gestión interna que oscila entre la inacción y el error. No hay rumbo claro, y eso se paga caro.

Pero el problema más profundo no está en los discursos, sino en los hechos. En el uso —o abuso— de los recursos públicos. En proyectos que avanzan pese al rechazo ciudadano. En inversiones millonarias que generan más dudas que certezas. En servicios básicos que se deterioran mientras el gasto crece.

El caso del agua es paradigmático en la región metroplotina. Mientras se insiste en tranquilizar a la población con comunicados técnicos, la percepción ciudadana va por otro lado. El agua que llega a los hogares no cumple con los estándares que la propia definición de “potable” exige. Y aun así, se pretende minimizar la situación.

A esto se suman decisiones como la insistencia en determinadas obras cuestionadas o gastos en soluciones transitorias que terminan siendo costosas e ineficientes. Todo ello en un contexto donde miles de uruguayos hacen malabares para llegar a fin de mes. Donde el esfuerzo cotidiano contrasta con la liviandad con que se manejan millones de dólares.

El malhumor montevideano es comprensible. Los servicios ABC, cada día empeoran más y ante eso, se informa de premios y compensaciones para funcionarios que no logran revertir esa realidad. El mensaje que se transmite es devastador: no importa la calidad de la gestión, el sistema igual recompensa.

Se configura así un modelo de administración que se asemeja a un barril sin fondo. Donde los recursos se diluyen, el control es débil y la rendición de cuentas brilla por su ausencia. Y en el centro de todo, el contribuyente. Ese ciudadano que paga, sostiene y, en muchos casos, se siente ignorado o incluso despreciado.

Porque esa es la sensación que crece: la de una clase política que vive en una burbuja. Que percibe ingresos privilegiados, discute temas alejados de las urgencias reales y toma decisiones sin medir sus consecuencias. Una dirigencia que parece haber olvidado que gobernar no es administrar poder, sino servir a la gente.

Quienes tienen memoria histórica no pueden evitar cierto déjà vu. Ya se ha transitado antes por caminos donde los “iluminados” creían tener todas las respuestas, mientras el país se alejaba de sus verdaderas necesidades. Los resultados, entonces, fueron conocidos y dolorosos.

Hoy, el riesgo no es menor. Porque cuando se pierde el vínculo con la realidad, cuando se gobierna de espaldas a la gente, el deterioro no es solo económico o político: es también social y moral. Recuperar el rumbo exige algo más que explicaciones. Exige autocrítica, humildad y, sobre todo, decisiones que vuelvan a poner al ciudadano en el centro.

De lo contrario, el diagnóstico seguirá siendo el mismo: un país que avanza sin dirección clara, conducido por una dirigencia que parece no escuchar. Y eso, más temprano que tarde, siempre tiene consecuencias.Nunca las deseables y justas para todos.

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