“Dejen de conspirar y defiendan al gobierno”
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Por José Pedro Cardozo
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Cuando el secretario de la Presidencia, Alejandro “Pacha” Sánchez, pidió públicamente “defender al gobierno y dejar de conspirar”, no solo estaba respondiendo a críticas puntuales: estaba, en los hechos, reconociendo una fractura interna que ya resulta inocultable dentro del Frente Amplio. Porque cuando desde el propio corazón del poder se habla de “conspiración”, la señal es clara. No se trata de diferencias menores ni de matices propios de una fuerza política diversa. Se trata de una disputa de fondo, de sectores que no solo discrepan, sino que operan en paralelo, debilitando la acción de gobierno.
Las críticas al Ministerio de Desarrollo Social, encabezado por Gonzalo Civila, fueron apenas el detonante visible de un problema mucho más amplio. La situación de las personas en calle, que golpea la sensibilidad pública y evidencia falencias de gestión, sirvió como catalizador para que dirigentes y legisladores oficialistas marcaran distancia. Entre ellos, voces como la de Rafael Michelini, junto a legisladoras del propio oficialismo, dejaron en evidencia que el malestar no es aislado.
Pero lo verdaderamente preocupante no es la crítica en sí, sino el modo en que emerge: desordenada, pública y sin conducción política que la encauce. Lo que debería resolverse puertas adentro, con liderazgo y síntesis, termina ventilándose ante la opinión pública como una señal de debilidad.
El problema de fondo es otro: la falta de liderazgos reales. No de figuras formales, sino de conducción política efectiva. El Frente Amplio supo, en otros momentos de su historia, procesar tensiones internas sin paralizar la acción de gobierno. Hoy, en cambio, esas diferencias no solo se hacen visibles, sino que parecen condicionar cada decisión.
El resultado es un gobierno trabado, lento, con dificultades para ejecutar y para responder a los problemas urgentes. La interna pesa más que la gestión. La disputa sectorial se impone sobre la responsabilidad de gobernar.
Cuando Sánchez denuncia operaciones “por debajo de la mesa”, está admitiendo que el problema no es nuevo ni circunstancial. Es estructural. Es la consecuencia de una coalición que, sin un liderazgo claro que ordene, se fragmenta en intereses propios, agendas paralelas y cálculos políticos.
Y mientras tanto, los problemas siguen. La gente en situación de calle no espera resoluciones internas. La ciudadanía no distingue entre sectores ni corrientes: evalúa resultados. Y esos resultados hoy no llegan con la rapidez ni la contundencia que la realidad exige.
Es legítimo que existan diferencias. Es incluso saludable en democracia. Pero lo que no es aceptable es que esas diferencias deriven en parálisis o en una suerte de “fuego amigo” permanente que termina debilitando al propio gobierno.
El Frente Amplio enfrenta, entonces, un desafío que va más allá de un ministerio o de una coyuntura específica. Debe resolver su problema de conducción. Debe definir quién lidera, quién ordena y quién marca el rumbo.
Porque sin liderazgo, no hay síntesis. Y sin síntesis, no hay gobierno eficaz.
Las palabras de Sánchez no fueron solo una defensa de gestión. Fueron, quizás sin quererlo, la confirmación más clara de que hoy el oficialismo está atrapado en sus propias contradicciones. Y que, mientras no las resuelva, seguirá siendo rehén de su interna y la problemática del país desatendida.