El derecho de vivir y también de decidir la muerte
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Por Jose Pedro Cardozo
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La eutanasia vuelve a instalarse en el debate público tras conocerse en las últimas horas el primer caso de eutanasia voluntaria practicada a una mujer con cáncer terminal. El hecho, más allá de las posiciones ideológicas o religiosas que pueda despertar, obliga a una reflexión profunda sobre uno de los temas más sensibles que enfrenta cualquier sociedad: el derecho de una persona a decidir cómo transitar el final de su vida cuando el dolor, el deterioro físico y el sufrimiento ya no dejan espacio para la esperanza de recuperación.
No existe discusión sencilla sobre la eutanasia. Quienes la rechazan suelen hacerlo desde convicciones filosóficas, éticas o religiosas muy respetables. Para buena parte del pensamiento cristiano y de otras religiones, la vida humana es un don sagrado que solamente Dios puede quitar. Desde esa mirada, acelerar la muerte constituye una violación al principio esencial de respeto absoluto por la vida. También existen argumentos médicos y éticos que advierten sobre los riesgos de abrir una puerta peligrosa, donde personas vulnerables puedan sentirse presionadas —de forma directa o indirecta— a poner fin a sus días para no convertirse en una carga económica o emocional para sus familias.
Además, hay quienes sostienen que el avance de los cuidados paliativos permite hoy aliviar gran parte del sufrimiento físico, evitando recurrir a una práctica extrema. Desde esa perspectiva, la respuesta humanitaria debería pasar por acompañar, contener y garantizar dignidad hasta el último instante, pero nunca provocar deliberadamente la muerte.
Sin embargo, también existen argumentos profundamente humanos y racionales a favor de la eutanasia. El principal de ellos es el respeto por la autonomía individual. Quien enfrenta una enfermedad irreversible, terminal y acompañada de sufrimientos insoportables, muchas veces siente que ha perdido todo control sobre su existencia. En esos casos, permitir que una persona decida cuándo y cómo terminar con ese padecimiento puede interpretarse no como un acto contra la vida, sino como un acto de dignidad.
Porque detrás de las discusiones teóricas hay realidades concretas: pacientes consumidos por dolores insoportables, dependientes absolutamente de terceros, sin expectativas de mejoría y atrapados en un proceso irreversible. Nadie puede medir desde afuera el sufrimiento íntimo de quien sabe que ya no tiene retorno posible. Y quizás allí es donde el debate deja de ser político, filosófico o religioso para transformarse en algo profundamente personal.
Cada individuo vive el dolor, la fe y la muerte de manera distinta. Hay personas que encuentran sentido en resistir hasta el final, sostenidas por sus creencias religiosas o afectivas. Otras, en cambio, consideran que prolongar artificialmente una agonía irreversible no representa vida, sino sufrimiento. Ninguna de esas miradas debería ser descalificada.
Tal vez el mayor desafío de una sociedad moderna sea precisamente aprender a convivir con esas diferencias, garantizando tanto el derecho a vivir hasta el último instante natural como el derecho a decidir, en circunstancias extremas y bajo estrictos controles, poner fin a un sufrimiento insoportable.
La eutanasia seguirá generando polémica. Y probablemente sea así por mucho tiempo, porque toca fibras íntimas vinculadas a la moral, la fe y la concepción misma de la existencia. Pero más allá de toda discusión, hay una verdad imposible de ignorar: cuando el dolor domina completamente la vida y la muerte aparece como un desenlace inevitable, la decisión final pertenece, ante todo, a quien está padeciendo ese sufrimiento.