El notorio y creciente desencanto ciudadano
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Por Jose Pedro Cardozo
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La democracia uruguaya conserva su respaldo, pero crece la distancia entre los principios que se proclaman y la realidad que padecen los ciudadanos. Cuando la política no resuelve los problemas, la tentación de buscar salidas por fuera de las reglas deja de ser una advertencia lejana. Uruguay continúa exhibiendo una fortaleza democrática que lo distingue en el contexto regional. Sin embargo, detrás de esa imagen favorable comienzan a aparecer señales que no deberían ser ignoradas. Una cosa es creer en la democracia como sistema de gobierno y otra, muy distinta, estar satisfecho con la forma en que funciona. Y es precisamente en esa distancia donde se alimenta el desencanto ciudadano.
Los uruguayos mantienen, en términos generales, una adhesión importante a los valores democráticos. Pero cuando se pasa de las convicciones a los resultados concretos, las opiniones se dividen, las dudas aumentan y la confianza pierde terreno. La inseguridad, el costo de vida, las dificultades económicas, los problemas sociales y la percepción de que el Estado no responde con la eficacia esperada conforman un escenario en el que muchos comienzan a preguntarse para qué sirve una democracia que no consigue resolver sus preocupaciones cotidianas.
La cuestión no es menor. Cuando una parte de la ciudadanía empieza a considerar que podría aceptar una alternativa no democrática a cambio de que alguien solucione todos los problemas, se enciende una luz de alarma. No significa necesariamente que los uruguayos hayan dejado de valorar las libertades, el voto o la separación de poderes. Significa, más bien, que la frustración puede llegar a pesar más que los principios cuando las respuestas no aparecen y las promesas se repiten sin producir cambios perceptibles.
En ese contexto reaparece la añoranza de un presidente de mano dura. Hay quienes recuerdan a Jorge Pacheco Areco como referencia de autoridad y firmeza, particularmente frente a un país convulsionado por conflictos sociales, económicos y políticos. Pero conviene no simplificar la historia ni convertirla en una postal conveniente. Pacheco gobernó bajo medidas prontas de seguridad, en un período de fuertes restricciones y enfrentamientos, y su figura continúa siendo objeto de interpretaciones diferentes. Su trayectoria también estuvo condicionada por las reglas institucionales y por el desenlace electoral de la época, cuando no consiguió la reelección que buscaba.
La nostalgia por la autoridad, por tanto, no debería confundirse con una solución automática ni con una reivindicación sin matices. El orden es una demanda legítima de cualquier sociedad, pero la fortaleza de un país democrático se mide también por su capacidad de garantizar seguridad y convivencia sin sacrificar derechos ni debilitar los controles sobre el poder.
El problema de fondo es que la democracia no se sostiene únicamente con discursos, ceremonias electorales y apelaciones históricas. Necesita resultados. Necesita instituciones que funcionen, gobernantes que rindan cuentas, una justicia que actúe, políticas de seguridad eficaces y una economía que permita a las familias vivir con expectativas razonables. También necesita una clase política capaz de comprender que los cargos públicos no son privilegios personales, que las promesas no sustituyen a la gestión y que la ciudadanía no tiene por qué conformarse con explicaciones indefinidas.
La comparación regional sigue dejando a Uruguay en una posición favorable. Pero esa ventaja no puede convertirse en una excusa para mirar hacia otro lado. Estar mejor que otros no significa estar bien, ni garantiza que las fortalezas acumuladas sean permanentes. La comparación más importante es con nosotros mismos: con la confianza que existía, con las expectativas que se generaron y con las respuestas que hoy se ofrecen.
El desencanto no aparece de un día para otro. Se acumula con cada problema sin resolver, cada compromiso incumplido y cada señal de que la dirigencia vive demasiado alejada de las preocupaciones reales de la gente.
La democracia uruguaya no está condenada. Pero tampoco tiene un cheque en blanco. Si la clase política pretende preservar la confianza ciudadana, tendrá que demostrar que el sistema sirve para algo más que elegir gobernantes y perpetuar privilegios de una casta, que desconoce ni se preocupa por la realidad que vive el ciudadano común.-