La Prensa Hacemos periodismo desde 1888

La educación atraviesa una crisis profunda que ya no admite maquillajes ni excusas. Lo que alguna vez fue el principal motor de ascenso social y construcción de ciudadanía hoy parece diluirse entre discursos complacientes, relativismos peligrosos y una preocupante pérdida de autoridad. En nombre de una igualdad mal entendida, se ha ido relegando la excelencia, como si exigir fuera sinónimo de excluir. Así, el sistema educativo no eleva: nivela hacia abajo.

El docente, figura central en la formación de cualquier sociedad, ha sido progresivamente desplazado. La familia, en muchos casos, ha dejado de respaldar su rol, ubicando al niño o adolescente en un pedestal donde toda corrección se interpreta como agresión. A esto se suma la invasión tecnológica, que lejos de ser una herramienta aliada, muchas veces actúa como distracción permanente. La atención se fragmenta, el esfuerzo se diluye y el conocimiento profundo pierde terreno frente a lo inmediato y superficial.

Las nuevas generaciones crecen en un entorno donde el saber ya no seduce. Las redes sociales, los contenidos fugaces y la gratificación instantánea reemplazan el proceso de aprendizaje, que requiere tiempo, disciplina y curiosidad. La pregunta, base del pensamiento crítico, parece extinguirse. En su lugar, se instala la repetición, la imitación y, en algunos casos, el adoctrinamiento.

Pero el problema no se limita a la educación. Es toda la trama social la que se encuentra deteriorada. Familias fragmentadas, barrios donde el narcotráfico gana terreno, clubes que han perdido su función integradora y una espiritualidad cada vez más ausente configuran un escenario donde los jóvenes crecen sin referencias claras. La escuela, lejos de compensar estas carencias, también se debilita.

El resultado es alarmante: deserción, ausentismo, desinterés. Aulas vacías no solo de alumnos, sino de sentido. Jóvenes que transitan el sistema educativo sin encontrar en él una razón para quedarse. Y en ese vacío, la droga avanza. No solo como consumo, sino como cultura. El “dealer” se convierte en modelo: dinero fácil, poder inmediato, reconocimiento en el barrio. Frente a esto, el maestro y el padre pierden influencia.

Se configura así una generación vulnerable, sin redes de contención, sin aspiraciones claras y con escaso espíritu crítico. Un terreno fértil para la manipulación. Porque una sociedad que no piensa, que no cuestiona, es más fácil de conducir. Se reemplaza la ciudadanía por la obediencia, la reflexión por la consigna, la libertad por la dependencia.

Lo más preocupante es la naturalización de este proceso. Se acepta como parte de un “clima de época”, como si no hubiera alternativas. Pero resignarse es también una forma de complicidad. Recuperar la educación como eje central no es solo una necesidad pedagógica, es una urgencia social.

Volver a valorar el esfuerzo, restituir la autoridad del docente, reconstruir el tejido social y enfrentar con decisión el avance del narcotráfico son pasos imprescindibles. De lo contrario, seguiremos asistiendo, casi en silencio, a la transformación de una sociedad que pierde su rumbo y, lo que es peor, parece haber dejado de buscarlo.

Ranking
Recibirás en tu correo electrónico las noticias más destacadas de cada día.

Podría Interesarte