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Hay decisiones políticas que no solo marcan un rumbo, sino que también revelan la profundidad —o la ausencia— de planificación de un gobierno. Lo ocurrido con la cancelación de la compra de patrulleras oceánicas al astillero Cardama es un ejemplo elocuente de cómo la improvisación, la soberbia y la falta de análisis terminan generando problemas mayores que aquellos que se pretendían evitar.

Se suspendió una operación en marcha sin que quedara claro si se evaluaron correctamente los costos, los avances de obra o las consecuencias contractuales. ¿Se sabía en qué estado estaban las naves? ¿Se midieron los riesgos legales y económicos? Todo indica que no. O peor aún: que no importó. Porque lo que hoy aparece como un “replanteo” no es más que el reconocimiento tardío de un error que pudo haberse evitado.

Pensar que una decisión de este calibre no iba a generar consecuencias es, como mínimo, una muestra de irresponsabilidad. Hoy el país se enfrenta a un reclamo que parece tan lógico como inevitable: el astillero exige que se retire lo ya construido. Y entonces surge la sorpresa, casi infantil, de quienes parecen descubrir recién ahora que las decisiones tienen efectos concretos.

La situación roza lo insólito. Se frena una compra, se interrumpe un proceso industrial, y meses después se comienza a hablar de “evaluar la posibilidad” de retomar o completar esas mismas patrulleras. ¿En qué quedamos? ¿Era una mala decisión antes y ahora dejó de serlo? ¿O simplemente nunca se entendió lo que estaba en juego?

Lo más preocupante no es solo la contradicción, sino lo que revela: un gobierno que decide por impulso, sin estudios serios, sin informes concluyentes y sin medir el impacto de sus actos. Se actúa primero y se piensa después. Y cuando llegan las consecuencias —porque siempre llegan— se intenta corregir sobre la marcha, generando más incertidumbre, más costos y más descrédito.

El dirigente sindical Richard Abdala lo sintetizó con claridad al señalar que “se están empezando a ver los coletazos de la mala decisión”. Y es exactamente eso: coletazos de una política errática, donde el voluntarismo reemplaza a la gestión y el capricho suplanta al análisis técnico.

Mover estructuras navales en construcción no es como cambiar un mueble de lugar. Implica logística, costos, riesgos técnicos y contractuales. ¿Alguien pensó en eso cuando decidió suspender la compra? Hoy queda en evidencia que no. Y lo que es peor: ahora se vuelve sobre lo mismo, pero en condiciones más desfavorables.

Este episodio no es aislado. Forma parte de una lógica preocupante donde las decisiones estratégicas se toman sin rumbo claro, sin planificación y sin asumir responsabilidades. Se gobierna como si todo fuera reversible, como si cada error pudiera corregirse sin costo. Pero la realidad es otra: cada paso en falso lo paga el país.

Lo que está en juego no son solo patrulleras. Es la credibilidad de un gobierno que parece navegar sin brújula. Porque cuando se improvisa en temas de esta magnitud, el resultado no puede ser otro que el desconcierto. Y en ese desconcierto, Uruguay no avanza: retrocede.

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