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En nuestra época ya no se disputa únicamente el poder político: se disputa, sobre todo, el control del sentido común. La arena pública dejó de ser un espacio de confrontación de ideas para transformarse en un campo de operaciones discursivas cuidadosamente diseñadas por quienes concentran poder real —político, económico y también sindical—. No buscan convencer; buscan imponer. No debaten; colonizan. Se infiltran en instituciones, financian relatos y moldean percepciones con la certeza de que una sociedad puede ser derrotada sin disparar un solo tiro, apenas erosionando su confianza, su cultura del trabajo y su cohesión.

Uruguay no es ajeno a este fenómeno. La sociedad no abandonó la idea de justicia social; abandonó a quienes la proclamaban mientras administraban su deterioro. El desencanto no nació de un rechazo a la equidad, sino de la frustración ante discursos grandilocuentes que no resistieron la prueba de la gestión. El resultado es una democracia emocionalmente agotada, donde la polarización constante reemplaza al debate y el Estado dejó de percibirse como herramienta colectiva para convertirse en un botín de guerra. En ese terreno fértil, el pensamiento crítico se debilita y el discurso público se vuelve más primario, más visceral y, por lo tanto, más manipulable.

En ese vacío prosperó una narrativa funcional al poder económico concentrado: la política es inútil, el mercado es infalible y los empresarios son los únicos generadores legítimos de riqueza. Mientras el capital se disfraza de racionalidad técnica, la política es reducida a caricatura y demonizada como “casta”. Pero esa caricatura no surge de la nada; se alimenta también de la irresponsabilidad de quienes, desde la función pública, actuaron con desidia o privilegio. Así, el mensaje implícito se consolida: gobernar debe ser prerrogativa de determinados actores y grupos sociales, lejos del escrutinio ciudadano.

Este corrimiento no es solo cultural; es estructural. El viejo reformismo social que marcó buena parte del siglo XX fue sustituido por un entramado difuso de intereses globales que condicionan decisiones nacionales sin someterse jamás al control democrático. No hay conspiraciones cinematográficas, sino algo más eficaz: lobbies persistentes, presiones constantes y decisiones adoptadas en círculos donde la ciudadanía nunca fue invitada. La soberanía formal permanece, pero la capacidad real de decidir se vuelve cada vez más estrecha.En el plano doméstico, los ejemplos abundan. El llamado “experimento” de regulación de la marihuana terminó naturalizando el consumo en el espacio público y, lejos de reducir el problema de las drogas, nos encuentra hoy no solo como país de tránsito, sino también de consumo. Informes internacionales ubican a Uruguay y Argentina entre los mayores consumidores de cocaína de la región. 

La discusión, sin embargo, rara vez trasciende la superficie ideológica para evaluar con honestidad los resultados.Al mismo tiempo, vivimos en un país caro, con fuerte presión impositiva y un Estado sobredimensionado que con frecuencia actúa en favor de grupos específicos. Cuando algo se privatiza y fracasa —como ocurrió con Pluna— las pérdidas se socializan y la cuenta la paga la gente común, esa que algunos dicen defender. Se mantienen actividades industriales deficitarias bajo el amparo estatal, como el portland en Ancap, cuyos números rojos terminan cubriéndose con recursos que salen del bolsillo de “don José y doña María”. Y mientras tanto, persisten jubilaciones y pensiones privilegiadas que ofenden cualquier noción de equidad contributiva, que se dice sostener.

Nada de esto implica renunciar al Estado ni idealizar al mercado. Implica, sí, recuperar la discusión honesta, exigir responsabilidad y rechazar tanto la demonización simplista de la política como la sacralización ingenua del capital. Si el sentido común sigue siendo colonizado por relatos interesados, la democracia se vaciará de contenido aunque conserve sus formas. La verdadera disputa no es por un cargo ni por una consigna: es por la capacidad de una sociedad de pensar por sí misma y decidir su propio destino.

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