Nunca debemos dejar de emocionarnos por la Patria
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Por Jose Pedro Cardozo
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Ayer se conmemoró un nuevo aniversario de la Batalla de Las Piedras, una de las gestas más trascendentes de la historia nacional. El frío de la jornada contrastó con un sol radiante, como si hasta la propia naturaleza acompañara el recuerdo de aquel episodio que marcó el inicio del proceso independentista oriental. Sin embargo, mientras el calendario recordó una fecha fundamental para la construcción del país, quedó nuevamente en evidencia una realidad preocupante: el creciente desinterés de muchos jóvenes por las fechas patrias y por el verdadero significado histórico que representan.
La Batalla de Las Piedras no fue un episodio menor. Fue la primera gran victoria militar de los revolucionarios orientales frente al poder español y uno de los hechos fundacionales de la identidad nacional. Allí apareció el liderazgo de José Gervasio Artigas, pero también el aporte estratégico de Manuel Francisco Artigas, experto en tácticas militares y pieza clave en el diseño de la maniobra que terminó rodeando y derrotando al ejército español.
Pero aquella batalla no solamente dejó una victoria militar. También marcó el nacimiento de un principio profundamente humanista que terminó identificando al Uruguay: el respeto por los vencidos y la asistencia a los heridos. La célebre frase “Clemencia para los vencidos” no fue un gesto aislado, sino una señal de valores que posteriormente moldearon buena parte de nuestra convivencia democrática y republicana.
Por eso preocupa tanto que las nuevas generaciones vean estas fechas como simples feriados o actividades escolares sin contenido emocional. El problema no es únicamente la apatía juvenil. La responsabilidad es mucho más amplia y alcanza a una sociedad que durante años fue perdiendo la capacidad de transmitir con fuerza el valor de sus símbolos nacionales y de su propia historia.
Las fechas patrias no son rituales vacíos ni actos protocolares destinados únicamente a las escuelas. Son recordatorios de las luchas, los sacrificios y las ideas que hicieron posible la existencia del país. Cuando una sociedad deja de venerar su historia, comienza lentamente a perder identidad.
El 25 de Agosto, fecha de la Declaratoria de la Independencia, terminó muchas veces opacado por intereses partidarios, actividades ajenas al sentido patriótico o por una creciente banalización social. Hoy resulta evidente que buena parte de la población, especialmente los más jóvenes, organiza con más entusiasmo la llamada “Noche de la Nostalgia” que la propia celebración de la independencia nacional.
Ese fenómeno no es casual. Durante mucho tiempo se fue debilitando la enseñanza emotiva de la historia en escuelas y liceos. Se dejaron de lado ceremonias, actos y espacios de formación ciudadana que ayudaban a construir pertenencia e identidad colectiva. La historia comenzó a enseñarse como una sucesión fría de fechas y nombres, perdiendo el componente épico y humano que logra despertar admiración e interés.
Rescatar el valor de las fechas patrias no implica caer en nacionalismos exagerados ni en discursos antiguos. Significa comprender que ningún país puede construir futuro si desconoce su pasado. Los símbolos patrios, las efemérides y las ceremonias republicanas cumplen una función esencial: recordar quiénes fuimos, quiénes somos y qué valores queremos preservar como sociedad. Porque la patria no es solamente un territorio. Es también una memoria compartida. Y cuando esa memoria deja de emocionar a las nuevas generaciones, el riesgo no es únicamente cultural: es la pérdida gradual de la identidad nacional.